Blog de Yosterkote

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El blog para la gente peculiar

Por qué odio Café & Té (relato escatológico)

November 19th, 2011

No es un secreto que odio cosas. A pesar de que llevo vida y media sin escribir, los ecos de mi blog resuenan en internet, y mi personalidad ha calado un poco en cada uno de vosotros, esbirros intelectuales. Los motivos por los que publico poco a menudo son muchos. Podríamos decir simplemente que ahora tengo nuevas aficiones, que la vida universitaria me ocupa demasiado tiempo o que escribir un blog ya no me llena y me he pasado los últimos dos meses configurando en su lugar una biblia de la ciencia y del sexo. Para preservar mi rollo profundo, místico y tal diré, sin embargo, que dedico mis horas a espiar a mis vecinos con un telescopio.

Mola, porque como la mayoría de vosotros desconocéis mi identidad, podría de hecho ser vecino vuestro y estar espiándoos ahora mismo. Te dejo, lector, que eches las cortinas y bajes las persianas antes de seguir leyendo.

Y ahora que he hecho que te preocupes y te levantes, te diré que también es probable que simplemente me esté tirando el pisto y no haga nada de eso.

Yo, "tirándome el pisto" en una pose que pasará a la historia, como la del Che Guevara. En próximas entradas podremos ver, si eso, la versión verde y malpensada de "tirarse el pisto".

Yo, "tirándome el pisto" en una pose que pasará a la historia, como la del Che Guevara. En próximas entradas podremos ver, si eso, la versión verde y malpensada de "tirarse el pisto".

Porque a cabrón retorcido no me gana nadie.

Ese soy yo, un cabrón, retorcido.

Hechas las presentaciones, entraremos en el meollo. Meo-yo. Yo meo. Todos meamos, en realidad. Digamos más bien que entraremos en el cagollo (no confundir con cogollo), porque de eso va nuestra historia de hoy. Nada de sorpresas. La comunidad ya me conoce por mis movimientos intestinales, mis problemas genitales, lo guay que soy, lo mucho que digo que mantengo relaciones sexuales y lo mucho que miento sobre mi vida sexual; así que iremos con uno de esos temas: la defecación. Por supuesto, como visteis nada más comenzar la entrada, sabéis que odio cosas (y no es por fardar, pero se me da francamente bien).

¿Por qué odio Café & Té? No voy a meterme en la relación calidad-precio, en la imagen desigual que ofrecen, en su política que varía del “franquicias-ni-de-coña” al “franquicias-sí-por-favor” o en que aunque seas el maldito único cliente que tengan les vayas a parecer invisible por un curioso problema de miopía selectiva. Eso no me molesta. De hecho, podrían mearse en mi café y contármelo justo cuando recogen la cuenta (que jode doblemente porque te lo acabas de beber y ya no puedes recuperar tu dinero). Eso me molestaría sólo un poco. Lo que hace que odie Café & Té es que, efectivamente, no se puede cagar.

Porque tú estás con un amigo tomándote un café bombón, con leche condensada en el fondo. Está bueno, pero no genial. Te sabe bien, porque todo sabe mucho mejor cuando estás a punto de cobrar por hacer algo por lo que tú no pagarías esa cantidad de dinero. Me ocurrió en el Entierro de la Sardina, me ocurre cuando tengo sexo con desconocidas y me ha ocurrido esta mañana. Sólo dos de las anteriores son verdaderas, y sólo tal vez en una entrada venidera contaremos más sobre ellas. Como digo, estás disfrutando el desayuno cuando recuerdas una línea hilarante de una estrofa absurda de una canción esperpéntica de un grupo peculiar. El grupo: El Trío Zapatista. La canción: “La leche condensada”. Estrofa: ni idea. Línea: “Endurece cataplines y desatasca culo”.

Acto seguido, comprobé en mis propias carnes cómo lo de que la leche condensada desatasca culo es cierto. Tras comprobar (no sin cierta desazón) que mis cataplines no se habían endurecido, me levanté raudo y veloz dejando el primer billete que tenía a mano sobre la mesa y diciéndole a mi compañero que necesitaba acudir un segundo al escusado. Porque soy tan ‘cool’ que me permito escribir palabras como ‘escusado’ e incluso ‘cool’, y lo que es más revolucionario: uso comillas simples en palabras como ‘cool’ y ‘escusado’ cuando la RAE recomendaría utilizar las comillas angulares. Y lo que es, si cabe, todavía más extraordinario: sé lo que son las comillas angulares. Resumiré todo lo anterior, que pierdo el hilo, con una frase de mi amada Oph*: Cuando la deyección pugna por ser eyectada, “todo lo que creías que importaba pasa a ser irrelevante”. No hace falta decir que la parte correspondiente a Oph* es la que está entrecomillada y en cursiva, por si las dudas.

Entonces uno se apresura al baño. El Café & Té siempre procura, al menos por su diseño, parecer un lugar con clase. Llevo mucho tiempo en este mundo, y este tiempo me ha permitido llegar a la conclusión de que la calidad de un local no se puede medir por lo bonito de su fachada, sino por el estado de sus servicios. Hoy puedo decir que el Café & Té no es un sitio con clase. En el mundo hay dos tipos de poceta: las limpias y las demás. Como podéis deducir por lo que lleváis leído, la poceta en cuestión pertenece al grupo de “las demás”. Unos trozos de papel higiénico que parecían haberse secado a posteriori eran toda la taza que había a disposición del pobre usuario (yo). La ignorancia es felicidad, y en ocasiones así prefieres no saber de qué han estado mojados esos trozos de papel higiénico. Cierto es que al ser un baño público el zurullo lo iba a expulsar de pie de igual manera, pero joder, cagar en baños públicos es como la democracia: aunque la decisión ya esté tomada por mí, la ilusión de que tengo algo que decidir es importante.

La anécdota se torna en tragedia cuando, al terminar la deposición, compruebo que no hay papel higiénico. Una sola vez me ha pasado que la prisa me haya hecho olvidarme de las reglas número 1 y 2 de mi próximo libro: “Reglas para defecar en aseos públicos”. La primera de ellas es “NUNCA defeques en aseos públicos”. La segunda, “comprueba si hay papel higiénico antes de dar rienda suelta a tu esfinter”. Una sola vez me he olvidado de ellas, y esa vez ha sido hoy. Huelga decir que no, no había papel higiénico. Manda gónadas.

Nota para Café & Té y todos aquellos que quieran poner algún local en sus vidas: si te tomas la libertad de prescindir del papel higiénico en alguna de tus pocetas, al menos ten la amabilidad de tener más de un retrete para que el avergonzado cliente pueda acudir al cubículo vecino con disimulo para gorronear su papel higiénico. Y si te tomas la libertad de prescindir del papel higiénico y de poner una sola poceta en el servicio, al menos ten la amabilidad de poner toallas de papel en el lavabo en lugar de secadores de aire. Y si quieres saltarte mis experimentados consejos, al menos, por favor, ten la decencia de poner un cartel en la puerta del aseo. Algo pseudohumorístico y simpático como “Si defecas, te la juegas” o “Si depositas, trae toallitas”. Pero nada. En el Café & Té, nada de eso. La humillación ha de ser total para que un servidor se plantee, ya que la caga (nunca mejor dicho), cagarla a lo grande (de nuevo: nunca mejor dicho). Ya que la situación era uberridícula, casi opto por hacer una grandiosa imitación del héroe televisivo por excelencia, Walter White, en su épica aparición en un supermercado:

"Hola, soy Yosterkote, no sé cómo he llegado hasta aquí ni por qué tengo el trasero untado de hez."

Y si no sabes quien es Walter White haz el favor de dejar de perder tu tiempo leyendo este blog y ponte a ver Breaking Bad pero ya.

Esta posibilidad fue descartada por mi brillante mente al poco rato. Pero no os deis por satisfechos, porque mi odisea no tocó fondo con eso. Digamos que, si en tu bar no pones papel higiénico en la única poceta del aseo, ni papel para secarte las manos, ni un cartel que te advierta de las consecuencias de tus potenciales actos impuros, al menos ten la decencia de no poner en el cubículo la luz temporizada, y el interruptor fuera de éste. Puedo dar fe de que cuando te planteas tu existencia en este mundo con el trasero lleno de materia marrón, lo último que te apetece es quedarte a oscuras cada dos minutos y tener que salir al habitáculo común del servicio con los pantalones por los tobillos para apretar el interruptor y volver a tu oloroso antro ante la horrorizada mirada de uno de los clientes. Era eso o quedarse completamente a oscuras, montando una versión alternativa de la popular canción de Lady Gaga. La llamaríamos “Dancing in the Dark… With Caca”.

Todo parecía perdido y la única opción posible era colarse en el baño de féminas con la esperanza de que ellas sí tuvieran papel higiénico en su inodoro. Y si lo hubieran tenido, tened por seguro, lectores, que ese local de Café & Té habría tenido que vérselas con el Ministerio de Igualdad, porque me habría parecido todo un agravio sexista que en su baño hubiera y en el de hombres no. Nunca lo supimos, sin embargo, y Café & Té se libró de responder ante el todopoderoso e imprescindible Ministerio de Igualdad, porque al abrir la puerta me encontré a mi amigo, con un  buen montón de servilletas de papel. En ese momento se ganó mi admiración, mi orgullo y mi respeto. Yo me gané mi libertad.

Sólo dos anotaciones. La primera va dirigida a Café & Té. Sé que de ser por ellos me habría muerto olorosamente en su local, pero les voy a regalar un último consejo. Si en tu local prescindes de papel higiénico, pones una sola poceta, secadores de aire e iluminación automática que se acciona desde fuera del cubículo, al menos… AL MENOS ten la decencia de que tus servilletas sean de las que absorben.

Y mi último comentario no va dirigido a ti, a no ser que estuvieras esta mañana en un Café & Té, entraras al baño, oyeras a un joven chaval indefenso pedirte gentil y tímidamente si, por favor, podías presionar el interruptor por él porque se había quedado a oscuras y tú lo ignoraras olímpicamente. Si eso te ha pasado, sí me dirijo a ti. Sólo quiero decirte, en ese caso, que eres escoria. Que si escribo esta entrada es porque todos, da igual sexo, edad o clase social; tenemos problemas en alguna ocasión con las heces y los lugares públicos, a pesar de que en pocas ocasiones se haga eco de esta situación. A ti, bastardo egoísta, espero que nunca te pase, y que si te pasa no me pille a mí cerca. Porque si así ocurriera, no cuentes con que vaya a apretar el interruptor por ti.

La buena, el feo y el malo…

September 30th, 2011

Se desabrochó un botón de la blusa y deslizó su suave mano a lo largo del escote, hasta acariciar con sensualidad el siguiente botón. Me dijo:

-Hazme el amor como nunca me lo han hecho antes.

- ¿Quieres decir por detrás?

-¡No, por detrás no, enfermo!

Se produjo un extraño silencio. Si no hubiera sido porque no estábamos en el lejano Oeste, sino en la parte trasera de una furgoneta cargada de heno en dirección a la ciudad; y porque, reconozcámoslo, Clint Eastwood en sus planos más salvaje probablemente nunca llegó a tener una erección de un calibre semejante a la mía, podría decirse que aquella escena se parecía, al menos en la tensión que se vivía, al duelo triple de El Bueno, el Feo y el Malo. No es una comparación muy desacertada. Si hubiera que poner etiquetas, podría decirse que ella era “la buena”, y yo “el feo y malo”.

-¿Así que ya te lo habían hecho por detrás? ¡Es indignante, un ultraje, una estafa! ¡Creía que lo nuestro significaba algo para ti…!

Y así, amigos, es como podéis salvar vuestra dignidad cuando todo parecía perdido.

Cosas sin mérito

September 4th, 2011

“¿Alguien sabe lo que es ser un romántico? Ser un romántico no consiste en ser un cursi, escribir poemas de amor y llevarle flores a tu novia. Un romántico es aquel que siente la vida propia como única, como una obra inacabada en busca de un final a la altura de su propia unicidad. El que lo sacrifica todo para lograr el todo. El ser creativo, el que antepone su vida a, precisamente, su vida.”

En estos días, o meses, o lustros, no he podido evitar sentirme identificado con esta recreación de la definición de romanticismo que en mi cabeza aparece archivada en la carpeta “Cosas que recordar de la profesora de Lengua de tercero de la ESO”. Y esta definición alterada por el paso del tiempo comparte espacio en dicha carpeta con la lectura de “La Familia de Pascual Duarte”, historias de un pezón arrancado a mordiscos, y el gran feminismo del que hacía gala esta señorita.

No puedo evitar sentirme romántico cuando hago lo que hago. Todo lo que hago. Si me preparo un café, lo hago persiguiendo un ideal. Una representación perfecta de lo que en mi mente es un café. Unas veces está amargo, y otras veces está dulce. A veces está frío, y a veces arde. Pero siempre figura en mi mente como ese café perfecto. Y no importa cuán caliente esté el café que yo prepare. Nunca está lo suficientemente caliente como parecerse a mi humeante café ideal.

Tal vez sea porque el café ideal no exista, o porque el café ideal no es sólo un café.

Ese café ideal es también una taza. Un batín. Un momento único pero prolongado en el tiempo, en el que el periódico reposa abierto sobre la mesa de cristal, recorrido por mi mirada tranquila y meditabunda. Algo así como suministrarme cafeína y azúcar calientes en mañanas desocupadas mientras leo sobre economías violentas y lejanas guerras mientras disfruto de mi paz interior.

Nunca he logrado beber dicho café. He tenido (que no tomado) miles de cafés. Casi todos peores. Algunos, he de reconocerlo, mejores. Pero nunca he logrado tomarme ese café. Y por eso cada mañana que me siento con fuerzas, intento recrear esa escena ideal. Ese maldito café es una de las cosas que quiero tener antes de morir. Al menos una vez. Sólo por eso ya me siento en parte romántico.

Cada vez que comienzo una entrada, me planteo una entrada con un comienzo, una mitad sólida y un desenlace perfecto. Y cada vez que empiezo a escribirla, mi universo se desmorona. Se cae. Los edificios se derrumban y vuelven a erigirse, oscuros, cambiados. Nada es lo que debería ser, y la que en un comienzo sería la entrada perfecta se convierte en un ente extraño, que ni yo reconozco, y que dista mucho de ser perfecto. Como ahora. No hay final posible para esta entrada que me vaya a dejar satisfecho, porque lo que estoy escribiendo ahora no es lo que yo quería decir. Ni lo que yo quería escribir. Ni en su contenido, ni mucho menos en su forma. Tras unas cuantas entradas y varios años de blog, aún no he dado con la entrada perfecta. Igual es por eso, porque soy un romántico. Si al final le doy al botón de publicar es simplemente porque no atiendo a mi propia criba. Porque en ese duro momento, mi romántico afán por tener un blog es más fuerte que el de publicar algo perfecto. Porque si sólo diera salida a aquellas entradas satisfactorias… Bueno. Digamos que prefiero ser un romántico que tiene un blog con alguna entrada y nunca haber escrito nada perfecto que ser un romántico que nunca ha publicado nada en su blog de entradas perfectas.

Y si a veces prefiero esta mediocridad, es que soy un romántico. Un romántico de mierda o una mierda de romántico, pero un romántico, al fin y al cabo. Porque puede ser que a veces me convierta en un romántico venido a menos cuya aspiración total, aquello por lo que daría la vida, es ser un romántico mediocre. Pero no quiero ser un romántico mediocre, así que supongo que más que romántico, soy un insatisfecho crónico. Y si ser un insatisfecho es ser un romántico, entonces soy el mayor romántico de todos. Exactamente como el resto de la humanidad. Porque todos tenemos sueños. Y lo venderíamos todo, incluyéndolos a ellos, para ver cumplidos nuestros sueños.

No tengo miedo a reconocer, como romántico temerario que soy, que he prostituido mis sueños millones de veces para llegar a cumplirlos. Porque en el momento en el que lo cumples, deja de serlo. Es un sueño real. Un sueño perfecto. Un sueño mancillado y carcomido por las tenebrosas manos de la realidad que todo lo cristalizan, que todo lo ensucian. Todo lo transforman en parte de un sueño pasado, ahora inmutable por el hecho de haberse hecho realidad. Porque si hay algo bello que tienen los sueños, es que los podemos cambiar a placer. Para que se vuelvan más irreales, más inalcanzables o más asequibles. Y cuando tenemos la desgracia de ver uno cumplido, ya no nos queda nada.

Por eso, por cambiar mis sueños, es que cada café ideal que pretendo en mi cabeza es distinto al anterior. Y es por eso que una parte de mí (o eso quiero creer) sabotea todas y cada una de mis entradas. Porque si logro mi entrada perfecta, tal vez sea la última. O, al menos, seguro que será mi última entrada perfecta. Porque en el fondo quiero seguir escribiendo cosas imperfectas. Porque todo me la suda. ¿No puede ser ese otro lema del romanticismo? Haga lo que haga y pretenda lo que pretenda, siempre podré decir que se debe a que soy un romántico. E incontables veces habré saboteado mi felicidad para poder seguir sintiéndome un infeliz, un insatisfecho, un infeliz. Precisamente por eso ahora tengo miedo de hacerlo, porque estoy viviendo mi sueño. Mi perfecto sueño romántico, que me priva de ser un romántico. Porque el romanticismo no se puede evitar. El romanticismo es algo vulgar y común inherente al ser humano, ya que todos deseamos vivir, en definitiva, o morir en el intento. De manera que no tiene ningún mérito ser un romántico. Por eso cierro esta entrada, mitad avergonzado, mitad aliviado, al ser consciente de que no es perfecta, de que es un pequeño engendro improvisado que en nada se parece a lo que a mí me gustaría pero que resulta ser exactamente como mi vulgaridad requiere que sea. Porque el romanticismo no es más que un sueño, una idea concebida por nosotros, los románticos. Una ilusión.

El romanticismo ha muerto. ¡Viva el romanticismo!