Blog de Yosterkote

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El blog para la gente peculiar

Archive for July 28th, 2009

¿Cuantos relojes de arena pueden fabricarse con la arena de una playa?

Tuesday, July 28th, 2009

Buenos días…

¿Alguien ha estado alguna vez en una playa? No, en serio… ¿Por qué? Cuando alguien se imagina ir a la playa, normalmente esa imagen mental es una arena casi blanca y (por supuesto) completamente desierta de toda vida humana á excepción (por supuesto también) de dos rubias de 23 años en top-less o, en su defecto, dos chiquillas hawaianas con faldas de paja y collares de flores que con una impecable sonrisase acercan a tu hamaca y:

“¿Quiere el señor un refresco?”

Por no hablar del agua… el agua de nuestra playa imaginaria es el único agua que cumple los requisitos para cambiar de nombre: allí el agua ya no es el agua; sino que son LAS AGUAS… Todo da igual, porque no hay ni una sóla medusa, ni una sóla ola con la que ahogarse, y con lo limpia que está, un tiburón sería divisado 20 km mar adentro antes de llegar a tocarte… Cosas de la vida. Si nuestro olor mental fuera fiel a lo que dicta la imagen, olería a cloro que te cagas, porque agua así sólo puede verse en una piscina; pero ya que estamos imaginando… ¿Qué más da? Si es que no podemos evitar pensar en Los Vigilantess de la Playa.

Nada más lejos de la verdad. Tras cuatro horas en coche, uno llega finalmente a la playa y echa un vistazo. Efectivamente, una playa desierta no es. Es más: por la concentración de gente podría decirse que algún grupo de la talla de Iron Maiden o Bruce Springsteen está tocando… Pero no. Esa primera línea de playa, que está más abarrotada que un vagón de la línea 6 del Metro de Madrid en hora punta, supone la primera decepción.

“No pasa nada: es bueno que haya gente, al fin y al cabo… Si el 2% de las mujeres están en top-less, a más gente, más top-less.”

Amigo mío: es que el ser humano es optimista por naturaleza, pero si por esas. Con tu sombrilla y tu sillita te abres paso entre las toallas y sombrillas de aquellos que llegaron antes que tú (para coger esas posiciones seguramente hayan guardado cola desde las dos de la madrugada del día anterior). Una vez llegas al punto de destino (eso sí, andando con mucho cuidado, ya que basta un movimiento en falso para llenar de arena la toalla de un enemigo en potencia), llenas tus pulmones de aire, miras al frente y comienzas a mirar a todos los seres a tu alrededor. Eres un hombre, así que tienes experiencia en estos tipos de escaneos. Algo así como un Terminator:

 

NIPPELATOR

 

Recuento de mujeres en topless:

18-22 años: 0

23-25 años: 0

25-28 años: 1

28-35 años: 3

35-42 años: 2

42-50 años: 0

50-65 años: 27*

Nota: te has quedado mirando demasiado tiempo a la más joven y su novio, ese que tiene un brazo más gordo que tu pierna, te mira con cabreo.

*De las cuales la mitad están recibiendo uno de esos tratamientos de barro.

Por cierto, respecto a la imagen: si te has fijado en el libro que hay sobre la mesa… No, no todas las mujeres en topless utilizan un sistema operativo Linux. Otra cosa: para los que se hayan fijado en el link en negro que aparece en la esquina inferior… Sí, tengo tanto tiempo libre como para currarme una imagen al estilo Terminator y sí, soy tan sumamente vago que no me apeteció borrar esos 10 píxeles de altura… Cosas mías.

A lo que iba: no hay mujeres en topless, y las que hay no encajan en tu estereotipo de chica hawaiana/rubia de 23 años. Así que ahora empiezas a escanear el suelo, en busca de cinco cm cuadrados en los que poder colocar tu sombrilla. Tras media hora de ardua búsqueda, encuentras un hueco… Al que instantáneamente se lanza otros tres tíos como tú. Vamos: un paraíso.

Y lo peor no es eso: lo peor es que luego te toca plantar la sombrilla. Lo menos noventa minutos para cavar un hoyo a destajo. En esos momentos llegarías a envidiar a los chinos que fueron explotados para construir el ferrocarril de los EEUU en el siglo XIX.

Y una vez clavas tu sombrilla, se presenta uno de los fenómenos meteorológicos más comunes, con el que nunca habíamos contado: el viento. Te ves obligado a agarrar la sombrilla tú mismo con todas tus fuerzas para que no se vuele, y recurriendo a la ayuda de dos arquitectos y cinco ingenieros que pasaban por allí optas por reforzar el asentamiento de la sombrilla con fuertes, cortafuertes y hasta un puente levadizo, con su foso y sus cocodrilos… Por si acaso. ¿Y ahora qué? Te bañarías, pero es que antes de salir te has comido una aceituna, y tienes que aguardar 12 horas para hacer la digestión.

¡Pero no importa! Tú eres un hombre de recursos, y como tal, fuiste capas de prever lo que se acontecería. Te has traído un libro. Procura que sea un libro que odias mucho, como el libro de UNIX de las mozas de la foto… Porque lo más seguro es que con la arena el libro muera. Te tumbas en tu silla, a ras de suelo, y el viento te dispara una intensa ducha de arena en la cara, los ojos, la boca… Es que no hay manera. Ya digo yo: leer en la playa es una causa perdida. Para leer en condiciones hace falta una cosa tan simple como la taza de un inodoro… Pero en fin, como dicen los sabios, si no puedes con tu enemigo, únete a él. Si la arena no te deja leer, puedes darte un paseo por la orilla del mar. Precioso. Ahora sólo te queda recorrer los dos kilómetros que os separan a ti y a tu sombrilla de lo que viene a ser el agua, porque no encontraste un maldito hueco más cerca. Y claro… Ingenuo de ti, tampoco has tenido en cuenta que aunque tú acabas de instalarte, el astro rey lleva seis horas calentando la arena para ti.

“¡Ay! ¡Huy! ¡Cachis!…”

Una sinfonía de graciosas exclamaciones a lo largo de esos dos kilómetros, acompañadas de un curioso bailecillo, más parecido a una danza de la lluvia que otra cosa, como medio para no freír tus pies en el calor de la arena. Y llegaste. Te ha costado 1000 kilocalorías, una grave insolación y ser el hazmerreír en cinco playas a la redonda, pero llegaste. Comienzas a andar… Esquivando cual Neo en Matrix pelotas de tenis-playa (ese gran deporte) y atletas haciendo footing en bañador, hasta que finalmente es ese balón hinchable de Nivea el que te derriba. Pero tú tranquilo… Te recompones y sigues andando, hasta que inexplicablemente te ves rodeado por un banco de conchas rotas que pueblan la arena. Vayas donde vayas tienes conchas, y sólo puedes pasar por encima repitiendo la ya conocida danza, hasta entrar en el agua (donde al menos no pisarás conchas).

Pero has cometido un grave error. No expones tus ojos a la acción del agua de mar, sino que esa misma sal se cuela en tu bañador, y te empapa la ingle… Ese precioso lugar que tras tus dos kilómetros de baile ahora está al rojo vivo. Querido lector: tras muchos años de relativamente infructuosas reflexiones he llegado a la conclusión de que la arena de playa no es arena mundial… Esos granos de arena son las ingles que se han ido desgastando de los turistas que han visitado ese lugar desde el principio de los tiempos. La culpa: el bañador. ¿Por qué tuvieron que hacer la redecilla de los bañadores de tío con papel de lija? Por eso las playas nudistas suelen ser más cutres: hay menos ingle desgastada por todas partes. Así que tienes que darte prisa en salir del agua. Si se te irrita un poco más acabarás sangrando de verdad, y no quieres atraer a los tiburones.

Mi más sincera enhorabuena. Has salido del mar. Ahora sólo te queda recorrer de vuelta esos 2 kilómetros hasta tu sombrilla. En parte quieres ir despacio, para no seguir desgastándote las pelotas, pero tienes que ir rápido mientras dure la humedad de los pies que los protegerá de esa arena que está al rojo vivo… ¡Al igual que tus ingles! ¿Casualidad? Por supuestísimo que no, mi querido lector. Si ambas están ardiendo es porque ambas comparten naturaleza… ¡Ambas son lo mismo!

Pero tranquilo, amiguito… después de todo, todos nos hemos llevado algún chasco así alguna vez en nuestra vida. Ya puedes recoger tu bolsa de playa y rezar para que no se hayan llevado nada, y que lo que quede no esté lleno de ingles de tiempos ancestrales  arena.

Lo más triste no es eso. Ya has ido a la playa, el daño ya está hecho. Lo más triste es que eres un hombre, y en lo que a playas se refiere, el hombre es el único animal que tropieza ‘tropiecientas’ veces con la misma piedra (perdonadme por el juego de palabras, soy consciente de que es para matarme). El año que viene volverás a la misma playa, repetirás la escena de escaneo de topless, de búsqueda de hueco para la sombrilla, de danza de la lluvia y de ingles sangrantes, porque somo así, y porque estamos condenados a repetirlo una y otra vez hasta el fin de los tiempos.

Y a pesar de todo… ¡FELIZ VERANO!