La tecnología… Esa enigmática palabra que comprende dos preciados términos en el vocabulario del 99% de adolescentes españoles: ‘tecno’ y ‘orgía’. Hay abundantes aparatos que facilitan nuestra vida diaria (y no sólo en el campo de las orgías) haciéndolas más fáciles, pero haciéndonos a su vez esclavos de ellas mismas, a medida que nos crean más y más necesidades. Y es que el ser humano es maravilloso: le das un palito y se acostumbra al palito; se lo quitas… ¡Y es incapaz de vivir sin su palito!
Ejemplo práctico, aplicado desde la vida real: el móvil. A todos nos ha pasado alguna vez eso de perder durante un lapso de tiempo variable ese pequeño artilugio llamado móvil (o, en su defecto, celular): ese aparatito con pantalla y (aunque cada vez menos) teclas; que sirve para conectarse a internete, hacer fotos, vídeo, grabar sonidos, mandar archivos de un dispositivo a otro, jugar, ver la televisión, almacenar notas, escuchar música y ver vídeos, mandar mensajes de texto, almacenar información de tus contactos, y… Ah, sí… Llamar.
Nadie se da cuenta de su dependencia hacia estos cachivaches (ojo: cachivache no es una pequeña ondulación del terreno que está a punto de convertirse en bache, sino aparato complejo de cierta utilidad) hasta que los pierde. Recientemente tuve la oportunidad de revivir esta enriquecedora experiencia, que en mi caso se desarrolló de la siguiente manera:
Día 0: Vaya por Dios, a mi móvil se le está acabando la batería y tengo el cargador en casa… No pasa nada, mañana volveré, así que podré cargarlo.
Día 1: No he necesitado el móvil (al que se le ha acabado la batería) , así que ni me he molestado en buscar el cargador. Después de todo, no soy tan dependiente del móvil como creía… Hasta puede que decida hacer esto más a menudo.
Día 2: Hoy me he despertado feliz. Los pajarillos cantaban, el sol entraba por mi ventana, y no me he molestado en comprobar si he recibido algún nuevo SMS. Estoy feliz, me siento libre. Nunca volveré a buscar ese cargador.
Día 3: Aunque me siento feliz y libre, hoy he echado de menos mi celular, cuando conocí a ese grupo de mujeres que me iban a dar su teléfono. No pasa nada; al fin y al cabo, hay más peces en el mar… Pero creo que es hora de buscar el cargador. Ha sido el final de una interesante experiencia.
Día 4: ¿¿¿SE PUEDE SABER DÓNDE HE METIDO EL PUTO CARGADOR??? He mirado en los cajones, por las mesas, debajo de la cama, dentro de la caja del ordenador y hasta en mi vieja colección de porno para ver si estaba allí, y no lo he encontrado (aunque he pasado un buen rato viendo mi vieja colección de porno, debería hacerlo más a menudo)… Pero estoy preocupado… Ya no puedo ni salir a la calle por miedo a necesitar el móvil… Ya no puedo ni comer tranquilo. ¿Y si alguien me hace una llamada importante y el móvil está apagado?
Día 5: Vale. Encontré mi cargador. Estaba enchufado, como siempre ¬¬. Ahora sólo tengo que recordar dónde dejé mi móvil…
Día 6: ¡NO ENCUENTRO EL MALDITO TELÉFONO! ¿De verdad era necesario hacerlos tan pequeños? Da igual. He vuelto a mirar en todas partes (empezando esta vez por mi vieja colección de porno… No estaba allí, pero he vuelto a pasar un buen rato). Y no ha aparecido
Día 7: Apareció. Estaba enterrado bajo un enorme montón de ropa…
Día 8: Echo de menos mis incursiones a mi vieja colección de porno.
Pero la tecnología trae al fin y al cabo más agrados que disgustos. Esto es así porque, de ser de otra manera, nos desharíamos de ella. Sin embargo sus posibles aplicaciones no han sido (ni son actualmente) utilizadas en todo su potencial. Estoy hablando de una tecnología en concreto que ha sido desaprovechada como ninguna: el láser.
Sí, es cierto: vale que con láser podemos realizar mediciones precisas, operar de la vista, jugar a Láser Tag (otro motivo por el que admiro a Barney Stinson)…
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Y hasta podemos molestar al profesor cuando nos da una clase aburrida (es decir: siempre). Pero el láser es una tecnología a la que aún le queda mucho por evolucionar. Seamos sensatos: todos hemos visto el auténtico potencial del láser viendo películas como Star Wars o jugando a videojuegos como No More Heroes.


Efectivamente: estoy hablando de mejorar la calidad actual de vida de una forma revolucionaria, aplicando las tecnologías láser al campo de la armamentística pesada. Solo puede haber una cosa más guay que ser un samurái: ser un samurái láser. Y lo digo totalmente en serio. Dentro de unos años (si superamos la crisis), cuando el planeta Tierra se vuelque en la construcción de una Estrella de la Muerte, lamentaremos haber desperdiciado estos años en los que podíamos haber perfeccionado tantos cañones láser. Me dirás: “Bueno, tener una Estrella de la Muerte ya es suficientemente guay”. Yo digo que sí, es guay, pero la única utilidad real de tener una estrella de la muerte no es otra que poder reventar planetas con un simple disparo. Vale que la Estrella de la Muerte es tan grande y pesada que bastaría colisionarla contra el planeta para causar una catástrofe, pero hemos de tener en cuenta que el objetivo no es desperdiciar recursos… Es destruir cosas inteligentemente. Es lo que se llama ‘destrucción sostenible’.
Y ahora, la pregunta del millón: ¿Por qué querríamos destruir planetas como Marte, por ejemplo? La respuesta es que poder hacerlo es motivo suficiente para querer hacerlo (al menos es una excusa muy válida en lo que a materia de parejas y cuernos se refiere).
Y sí, estoy desvariando bastante, pero no me importa. No, tranquilo, no engañas a nadie… Sé que tú tambien has estado enganchado al Ogame.
Pero vamos a dejar el tema armamentístico aparte. El láser como tal puede ser aplicado a la vida diaria con geniales resultados. Imaginad, por ejemplo, que aplicáramos el láser al camplo de la peluquería. Peluqueros láser, eso es… Ir a cortarse el pelo sería mucho más emocionante. Por no hablar de actividades tales como cortar jamón, picar verduras o clavar chinchetas. Con el láser en mente se abre todo un nuevo campo de posibilidades.
Y eso que estoy hablando de actividades comunes. En un campo más específico, dirigido al hombre, podemos hallar milagros. Queridos amigos, estoy a punto de patentar un invento revolucionario. Se llama la picha-láser (puede ser verga-láser, según la región). No: no es un nuevo método ANTI-anticonceptivo (en ese tambien estoy trabajando), sino en un invento mucho más sencillo. Me explico: todos los varones nos enfrentamos al mayor desafío del día nada más levantarnos. Uno va al baño a echar el primer meo del día, rezando para no mojar la taza. Todo gran hombre sabe que lo que queda de día vendrá determinado por el resultado de esa primera meada. Si te sales, puedes prepararte para un día de perros. Si sólo se escapan una o dos gotitas, no pasa nada… Es un día normal (o incluso bueno). Y si cae todo dentro, felicidades. Eso significa que vas a conocer a la chica de tu vida, te va a tocar la lotería, van a atropellar a tu jefe o algo así… Yo, tras tener una mala racha con ki puntería mañanera, me decanté por mear sentado. Empecé a mear sentado y hasta me gustó. Sin embargo poco a poco mi familia, mis amigos, mis profesores… Se fueron enterando y comenzaron a mirarme mal, como a un bicho raro. Por eso inventé la picha-láser…
Las mujeres creen que es que pasamos olímpicamente de apuntar… No nos conocen (aunque sí, en alguna ocasión pasemos olímpicamente de apuntar). Creen que es fácil… Creen que es como manejar una pistolita de agua. Lo que no saben es que con toda pistola es necesario contar con un punto de referencia para saber dónde va a caer con precisión el primer disparo. Por eso tantas armas utilizan una mirilla con láser. Y es ahí a donde quiero ir a llegar. Mi invento consiste en un puntero láser unido a una goma del pelo que, enrollado en lo que es el miembro viril, proporciona una visión muy precisa del punto exacto de llegada del chorro (a demás del gustillo que produce el frío metal del puntero láser al contacto con la pistola).
Como con todo artilugio, una vez lo hayas usado, no podrás vivir sin él… Con este invento, todos tus días serían… Un gran día.