Blog de Yosterkote

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El blog para la gente peculiar

Archive for January, 2010

IPad

Sunday, January 31st, 2010

Odio a James Bond

Friday, January 29th, 2010

Mentiría si dijera que odio a James Bond, pero dado que si uno no miente no puede llegar a nada en la vida, lo diré: odio a James Bond.

No me malinterpretéis: James Bond mola. Para empezar, su nivel de inglés es con toda probabilidad superior al tuyo. Segundo, el inglés no es el único idioma que controla: en Sólo Se Vive Dos Veces nos recuerda que sus grandes notas en el dominio del japonés, por ejemplo. A demás, es elegante hasta repartiendo leches. El contrincante puede ser un tío de tres metros, tener un garfio asesino o una dentadura de hierro, que Bond apenas se despeina. Bond mola.

Sus superiores le odian, pero nadie hace el trabajo mejor que él. Por eso puede romper coches caros. Y por si fuera poco, por si aún no es víctima de tus envidias enfermizas… Sí, él hace el amor. Chúpate esa.

Pero detrás de este ‘entrañable’ personaje (las comillas van por Daniel Craig, por si no lo habéis notado) hay una oscura verdad: todas las películas son la misma. Puede que no te lo parezca si ves una o dos al año. Pero cualquiera que se las haya visto todas seguidas sabrá a qué me refiero:

Aparece Bond besando a una mujer. Por la postura de sus brazos alrededor de ella, podríamos pensar que han tenido/están teniendo/acaban de tener un revolcón. Bond no folla falla. De repente cinco japoneses/rusos/mercenarios abren la puerta y le intentan sorprender, pero Bond, muy listo él, estaba al tanto del peligro y guardaba una pistola bajo la almohada (cosa que no desconcertó a su chica). Se los carga. En ese mismo momento, en otra parte del mundo, alguien muy malo malísimo hace algo malo malísmo.

Créditos del principio: Bond pasea y dispara a la cámara, que se tiñe de sangre. Siluetas de mujeres bailan al son de la silueta de alguien que dispara pistolas de humo naranja y una cancioncilla, preferiblemente cantada por una mujer o AOR.

A continuación, alguien le explica la situación a Bond. Tiene que viajar a un sitio lejano a investigar algo extraño. Al llegar, alguien intenta matarle. Bond se escapa, y por el camino el encargado de turno le presenta a una rubia tonta que le ayudará. Hace el amor con ella, y luego le dice algo del estilo: “Sé que trabajas para el malo e intentas matarme.” Ante esto, la chica queda desconcertada. Es normal: yo no aguanto que las mujeres me digan que intento matarlas mientras les hago el amor. Pero casualmente, Bond tenía razón, y la chica se lo estaba pasando por la piedra para ganarse su confianza.

La mujer, herida, le espeta que si estaban fornicando como conejos cinco minutos antes era porque esas eran las órdenes, no porque ella se sintiera atraída por Bond. Bond ahora la mira en plan: “¿Y a mí qué me cuentas? Acabo de echar un polvo y eso es lo que importa.” Lo que se dice toda un ejemplo de chico ideal (ni Edward el vampiro ni chorradas).

Y llega la parte aburrida de toda película de James Bond: empieza a pasearse por las instalaciones del malo malísimo buscando información. Al ser posible buceando. Finalmente se disfraza de periodista u hombre de negocios o algo así para ganarse la confianza de éste, aunque el malo no se lo traga: cuando Bond se da la vuelta, el malo presiona un botón y da la orden: matadle. Y como la rubia tonta me ha fallado, echadla a los tiburones.

Bond está atado a una silla, pero con un botón de su reloj, saca una pequeña sierra circular y corta las sogas que le retenían. Luego se aprieta el gemelo, de donde sale una muñeca hichable con pinchos en todos sus orificios, que servirá de cebo para los matones salidorros del malo. Escapa y ayuda ahora a la tía mala con la que había hecho el amor. Cuando salen, la rubia tonta (que en realidad es una ex-espía soviética renegada de su pasado) les entrega todos los planos de la macro-obra infernal que el malo está realizando bajo tierra o mar. Van allí, matan a mucha gente con pistola y detonan un artefacto que hunde la instalación. Con el malo-malísimo dentro.

Para terminar, aparecen Bond y la rubia tontita, buenorra y ex-espía soviética haciendo el amor, mientras ella dice con pasión: “Oh, Sheims…” Importante: no dice “James”, o su transcripción fonética española “Yeims”. Ella lo pronuncia con estilo. Por muy rusa que sea, siempre pronunciará el nombre con un distinguido acento británico: “Sheims”.

Créditos finales.

Yo también quiero ser como Bond.

Pesadilla urológica

Thursday, January 21st, 2010

<HISTORIA COMPLETAMENTE VERÍDICA. DE VERDAD>Queridos lectores: hoy voy a revelar una parte muy íntima de mi ser. En realidad son dos partes, y me gustaría poder decir que son muy grandes: mis gónadas.

Hace unas semanas en clase empezaron a dolerme los testículos. Cuando llegué a casa lo primero que hice fue acudir a mi mejor amigo: Internet. Nunca lo hagáis. Si buscáis “dolor de testículos” en Google nunca saldrá nada esperanzador. Cáncer o torsión testicular son algunos ejemplos de lo que se nos cita en el navegador. Muy feo: en caso de la torsión testicular, intervenida antes de las seis horas, puedes salvar el huevo. Y aunque salves el huevo, la solución pasa por rajarte el escroto y coserte el huevo de nuevo (toma pareado). En cuanto al cáncer… Sin comentarios.

Habían pasado bastante más de seis horas, así que lo siguiente que busqué en Google fue: “¿Se puede vivir con un sólo huevo?

Sabía que nada volvería a ser igual. Al andar necesitaba introducir una mano en el calzoncillo y asegurar que el movimiento transmitido al huevo fuera mínimo. Cualquier cosa para mantener el dolor alejado de mis alveolos eyaculares.

Una cosa: nunca vayas al urólogo de urgencia acompañado por tu padre. No es agradable. De hecho, ir al urólogo de urgencia no es agradable… Ir al urólogo en general no es agradable. Para empezar, en recepción hay que rellenar formularios y responder preguntas:

“Sí, los huevos…”, “Sí, señorita, desde esta mañana…” “No, no practico el sadomasoquismo extremo con frecuencia… ¿verdad, papá?”

Pero de todo hay que sacar una lectura positiva. Al final del día tendría la satisfacción de que una mano ajena me habría tocado los órganos reproductores.

Uno se tumba en la camilla y espera a que el urólogo (cuya cara me recordaba vagamente a la de mi primo) haga su trabajo.

  • Primera mala señal: guantes de látex. Es evidente que no voy a obtener ningún placer sexual de las manos de un varón treintañero con guantes de látex. Para eso se obtiene más gustito poniéndose un profiláctico caducado durante una noche de hastío.
  • Segunda mala señal: no se conforma con mirar, sino que quiso palpar. Chavales, si creéis que el dentista es doloroso es porque nunca habéis estado en el huevista. Ya me dolía bastante con la vibración del taxi, no necesitaba que un desconocido me las manoseara y oprimiera a placer (placer suyo, no mío).

Tras un rato de tocamientos infernales durante los que visualicé por completo el árbol genealógico del simpático individuo que hurgaba en mi entrepierna (desde entonces siento un inexplicable rechazo por las máscaras, los látigos, los grilletes, las fustas y el cuero); el diagnóstico fue el siguiente:

“Verá, eh… Su hijo está en una edad en la que… El desarrollo… El crecimiento… Esto… La adolescencia… A veces los testículos, bueno… Trabajan demasiado y… Bueno, eso… Eso se pasa.”

Lo único de lo que mi padre y yo nos enteramos fue que mis testículos habían trabajado demasiado, y ambos teníamos una duda que mi progenitor no tardó en formular:

¿Pero eso significa que los usa demasiado o que los usa demasiado poco?

Y eso, amigos, es la catarsis. Porque cualquier respuesta posible a ello me dejaría en mal lugar.

  • a)Los uso demasiado: cojonudo. Mi padre ahora sabe que me la pelo como un chaval de 12 años recién hormonado.
  • b)Los uso demasiado poco: cojonudo. Mi padre ahora cree que soy un mariquita que no sabe autocomplacerse.

La respuesta era la opción B. Si mis testículos no hubieran estado fuertemente asidos por las manos de aquel caballero, la situación habría sido realmente cómica. Aunque ahora que lo pienso, eso hacía la sórdida situación algo más cómica. Ver al pitólogo explicarle entre líneas a mi padre que necesitaba masturbarme más (yo, no él) no tiene precio.

Y mi cara tampoco:

¿Yo? ¿Que me la tengo que machacar… Más? No me malinterprete, doctor… Me encantaría hacerlo, pero entiéndalo: yo tengo una vida y todo eso. No puedo dejar de comer, por ejemplo, para seguir masturbándome. He realizado estudios en mi dormitorio que sostienen que si me masturbo un poco más, el universo implosionará.

Pero el universo es maravilloso, y tiene la capacidad de poner todas las cosas en su sitio. Me mandaron a casa con la orden de tomar antiinflamatorios y de… Eso. Durante la semana siguiente tuve que masturbarme una cantidad indecente de veces. Me sentí fatal. Uno se masturba por infinitos motivos: placer, aburrimiento, perversión… En algunas ocasiones hasta por dinero. Pero hacerlo por recomendación médica era (y sigue siendo) algo intolerable para mi.

Lo bonito de todo aquello es que ideé un nuevo método de ligar: contaba la historia y decía que si no hacía el amor en 48 horas perdería el huevo. Si eso hubiera sido cierto, habría perdido el huevo decenas de veces, porque el truco no funcionó, así que no lo intentéis. Las mujeres son así de crueles: nunca se preocupan por los huevos de la gente.

Y no fue más allá. Y respecto a la pregunta que todos ustedes se plantean… Bueno, sí, me masturbé más, pero están leyendo esto… Lo que significa que no, el universo no implosionó.</HISTORIA COMPLETAMENTE VERÍDICA. DE VERDAD>

Añadido: 11 de febrero de 2010.

Post publicado en Menéame y un total de 12000 visitas en 3 días. Nunca pensé que llegaría a tener los huevos más famosos en internet desde Nacho Vidal.