Blog de Yosterkote

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El blog para la gente peculiar

Archive for April, 2010

Duda existencial: perros celestiales

Sunday, April 25th, 2010

Si hay un animal envidiado por mí, ese es el perro. No es porque el perro pueda lamerse sus propios genitales sin ningún tipo de pudor. De hecho, hace mucho que superé esa etapa: ya no siento pudor alguno.

Lo que ocurre es que cada vez que un perro muere, se dice lo mismo: ‘Ahora está en el cielo de los perros‘. Es cierto, eso también ocurre con los gatos, pero yo no soy una persona de gatos, al igual que José Tomás tampoco es persona de reses. Pero ya está. El perro y el gato son los únicos animales en los que se aplica el cielo de los perros (o gatos). Cuando estás tomando jamón serrano no piensas:

‘Pobrecillo, ahora estará en el cielo de los cerdos.’

Ni siquiera con otras mascotas. Ni mis difuntos Pachi y Pachi II están en el cielo de los periquitos, porque no existe.

Y me dirás que no tengo por qué envidiar a los perros. Me dirás que los seres humanos también tenemos nuestro propio (y genuino) cielo. Me dirás que aún estoy a tiempo de salvar mi alma (a lo que yo te contestaré con una sonora carcajada). El cielo no es el problema. Claro que los seres humanos tenemos cielo. El problema es que también tenemos infierno. Al parecer, los perros no.

Da igual que el can en cuestión fuera Satanás perrificado, que copulara con tus peluches y que fuera capaz de ladrarte amenazadoramente para alimentarse con el olor de tu miedo. Por muy malo que sea un perro, nunca oirás decir que ‘ahora está en el infierno de los perros.‘ Eso es algo de lo que se libran.

Por eso envidio a los perros. Porque llevan una vida perra que no les pasa factura, el final es siempre el paraíso. Aunque llegas a un punto en el que tampoco te importa mucho condenar tu alma. Creedme: voy a clase todos los días. El infierno no puede ser mucho peor.

Pero aún así la idea de acabar en el cielo es muy tentadora. Y eso es algo que no entiendo. Es tentadora, sí, pero ceder a la tentación es un pecado, hasta donde yo entiendo. Conclusión (no aplicable a perros o gatos):

  • Si no cedes a la tentación de ir al cielo, tienes que conformarte con el infierno.
  • Si cedes a la tentación de ir al cielo, entonces estás pecando, e igualmente irás al infierno.

Así que la única vía de escape es ser un perro. Y como esas operaciones salen caras, me tendré que conformar con hacerme el cínico. Mola.

El baño 10

Saturday, April 24th, 2010

Mucha gente (por no decir todos) pasamos a diario por una dependencia de nuestros hogares a la que no siempre atribuímos el cuidado merecido. Hablo de los baños.

Hace unas semanas publiqué un listado de los baños en los que tuve que defecar durante mi estancia en Italia, saldándose la mayoría de mis evaluaciones con notas no muy optimistas.

Yo adoro los baños. Los visitamos nada más despertarnos (a menudo incluso en mitad de la noche). Nos lavan y nos afeitan. Nos sirven para liberar ‘tensiones’, y muchas personas descubrieron y desarrollaron su pubertad en ellos. Por eso publico ahora una serie de elementos que componen, a mi entender, el baño 10.

1-La periferia, mejor.

Imagínate vivir sobre una discoteca. ¿Podrías vivir con el chunda-chunda constante retumbando en tus oídos? Evidentemente, es complicado. En ese caso la discoteca está en el váter. Si estás en una cena navideña con tu familia y hay urgencia evacuatoria, es preferible andar unos metros más con tal de no dar el espectáculo justo al lado de esos primos queridos que sólo ves dos veces al año.

2-Bidet.

Infravalorado por la cultura occidental, el bidet es un compañero indispensable en nuestras aventuras. No por su utilidad: que hasta los doce años siempre había creído que el bidet era el lavabo del perro. Dado que nunca tuvimos perro, para mí era un utensilio meramente ornamental. Sin embargo hoy por hoy es un símbolo de comfort que hace las visitas al baño más llevaderas. No me siento completo si no tengo un bidet cerca.

3-Revistero.

Increíble cómo algo tan sencillo puede ser tan formidable. El revistero es uno de esos pequeños milagros del ser humano. Cuando yo me siento, tengo el irremediable impulso de leer. A veces uno no sabe qué llevarse, y a veces estás en la cocina cuando te entra el apretón. Es coger lo primero que tengas a mano (el cartón de cereales) o aguantar la espera como un campeón. A diferencia de cualquier otro ámbito de la vida, la calidad de este servicio es indiferente. Me da igual que sea la revista Hola, la Heavy Rock o una Playboy, pero necesito pasar página. Pon un revistero y cualquiera se sentirá -y sentará- como en casa.

4-Aprovisionamiento.

Rollos de papel higiénico. Miles de ellos. Queremos rollos, uno encima de otro, dispuestos a morir por una noble causa: culitos más limpios. Hay pocas cosas más desagradables que dar por finalizada la obra y ver el cartón de un rollo de papel… Sin papel. Ver un artilugio de estos debidamente relleno crea una sensación de seguridad que no cambiaría por nada del mundo.

5-Váter/Urinario.

No soy tan tiquismiquis como para decir que no vale un inodoro cualquiera. Es cierto que hay algunos más cómodos que otros, pero salvo en extrañas circunstancias, ninguno viene a ser totalmente incómodo. El problema llega cuando eres un hombre y estás en un baño público. El retrete está muy estandarizado, y la mayoría son de la marca Roca o semejantes. Los urinarios no. Creedme: si existiera el urinario perfecto, no habría tal diversidad de criterios. En primer lugar, mi favorito: el ‘Acércate y mea’. Su diseño ergonómico permite que te acerques a la vez que sus laterales protegen tu intimidad genital. Como inconveniente, si la micción es muy vigorosa puede llegar a salpicar ligeramente, y no es agradable.

El segundo más extendido es el modelo ‘Canasta’. No lo soporto. No es sólo por la falta de intimidad, que puede resultar molesta, sino porque cuando uno quiere orinar, quiere orinar: no jugar al baloncesto con su propia urea. Tampoco son mucho mejores las variantes que colocan un pequeño biombo entre urinario y urinario.

Y finalmente, la versión ‘Paredón’. Una serie de urinarios dispuestos en fila que recogen los fluídos en el suelo y no en alto. Poca intimidad y la sensación de que estás meando en una pared más. Nunca me ha convencido.

Este apartado es cuestión de gustos, supongo.

6-Lavado.

Una parte esencial de la defecación es lo que viene después: lavarse las manos. Yo soy un obseso con mis manos. Me gusta tenerlas limpias porque son mi mejor amante. En numerosas ocasiones me obligo a hacer uso del inodoro sólo porque me apetece tener un motivo para lavarme las manos. Por lo tanto la elección de un jabón apropiado es crucial a la hora de proporcionar una experiencia satisfactoria al usuario. En casa, se pueden mantener al mismo tiempo una pastilla y un bote de jabón líquido sin mayor complicación. En los baños públicos una de las características que empeoran mucho la satisfacción final son dispensadores estropeados o vacíos. A nadie le gusta apretar cinco veces el botón para obtener una gotita de este maravilloso gel. Los lavabos públicos son igualmente algo importante para mí. Se puede admitir algo de óxido en la grifería, pero lo que yo personalmente no consiento son los marilavabos que dosifican el agua con un sensor de movimiento bajo el grifo. Básicamente porque nunca funcionan. Colocas las manos cubiertas de jabón bajo el grifo. Nada, ni una gota. Como si a Charlie Harper le hubieran dicho que por las tuberías circulaba Ron y él hubiera procedido a vaciarlas. Mueves las manos bajo el supuesto sensor. En círculos, arriba y abajo… Y hasta le gritas: ‘¡Eh, tú, sensor!’. Nada. No hay respuesta. Te rindes, retiras las manos y entonces cae un breve chorrito. O esos sensores son unos vacilones o son unos sensores de la ONCE, porque si no, no me lo explico. Pero no me gustan.

7-Secado.

Casi tan importante como el lavado es el secado. A menudo acabas saliendo de un baño público con las manos impolutas pero aún mojadas por no contar con un secador operativo o papel con el que secarte. En el hogar normalmente basta con que la toalla esté limpia y seca.

8-Olor.

Artilugios ambientadores siempre se agradecen. Normalmente sirven para muy poco, ya que se mezcla el olor de la peste con el del ambientador en una nube tóxica que sería la envidia del volcán islandés y del humo negro de Lost… Pero ver uno de esos cacharitos te hace sentir querido. Sabes que alguien lo ha puesto ahí para gente como tú; gente con heces. Te hace defecar con una sonrisa en la cara, y otra en el orto. Si es un baño público y hay urinarios, mejor que mejor que haya una pastilla perfumada. No hay nada tan divertido como intentar disolver las pastillas con tu propia orina. A veces me siento como Luke Skywalker en Una Nueva Esperanza, en su nave en el preciso momento en el que cuela dos disparos por el conducto que destruirá la Estrella de la Muerte. Me hace sentir vivo.

Por último en el apartado del olor, deberemos contar con la medida más importante de todas: una ventana lo más grande posible, por si las moscas. La ventana habrá de estar convenientemente asegurada con un cristal translúcido, claro.

9-El tamaño sí importa.

Y si estamos en el baño, de manera especial. Porque el baño es una de las pocas dependencias de una casa que no debe ser excesivamente grande. Es precisamente el encanto de estos cuartos: que todo está más o menos cerca. Durante años he desconocido el motivo, hasta que una vez, iluminado, dí con él. Un baño no debe ser excesivamente grande porque por la acústica las heces podrían hacer eco al caer en la poceta. Y nadie quiere eso.

10-El lavabo nunca en frente del retrete.

Porque el lavabo va acompañado de otra cosa: el espejo. Y si el espejo está en frente del retrete, implica que o cagas dado la vuelta, o te verás a ti mismo depositando. Puede parecer algo banal, pero os digo realmente que la acción de evacuar fluidos sólidos de un cuerpo humano es lo más humillante que existe. No somos conscientes de ello porque nunca nos vemos haciéndolo, pero este acto olorosamente loable nos proorciona la herramienta perfecta para saber si estás enamorado. Sí, sí: ¿estás enamorado? Si la respuesta es afirmativa, piensa en el ente del que estés enamorado. Yo, por ejemplo, pensaría en Adriana Lima. Ahora visualízalo. Visualízalo. Visualízalo. Y ahora visualízalo… Cagando. No sentado en el inodoro, no: plantando un pino. Al ser posible un pino enorme, de esos que te hacen sentir que te están violando hacia fuera. De esos. Si tus sentimientos no cambian entonces hacia ese ente/persona, felicidades: estás enamorado. Ahora imagínate lo afectada que quedaría tu autoestima si fueras tú el que se ve haciéndolo. Acabarías sacándote los ojos para no tener que volver a mirarte a la cara.

En resumen, para tener un baño agradable no es estrictamente necesario contar con todos estos puntos. Siempre falta alguno de estos detalles, y no pasa nada. Evidentemente no he descrito ningún baño existente, sino un baño perfecto: uno perteneciente al mundo de las ideas. Ahora entiendo a Platón.

‘Mon Dieu!’

La frustración elevada a su máxima expresión…

Tuesday, April 20th, 2010

Censurada, claro.