Hay un ser al que odio. No lo odio demasiado. Al menos, no tanto como para desear su no-existencia. De hecho, creo que odiar es demasiado fuerte. Porque esa persona nunca me ha hecho nada. Hay gente que me quiere muerto, y no por ello les odio, así que hagamos como si no hubiéramos leído nada, volveré a comenzar el post.
Hay un ser que me resulta antipático. De hecho es una persona. Sí, eso, persona. Si alguna vez habéis estado confinados en un aula sabréis a qué tipo de persona me refiero: a aquel hombre o mujer que saca peores notas que tú y que aún así logra restregarte las suyas para hacerte sentir mal.
¿Cómo? Porque sus notas rondan entre el cuatro y el seis, y tiene un sexto sentido que se encarga de detectarte cuando eres más vulnerable. ¿Qué es un sexto sentido? Un sexto sentido es una habilidad especial que permite a su poseedor detectar hechos imperceptibles para el resto de las personas.
Por ejemplo, Zapatero no tiene un sexto sentido en materia económica, que digamos. Un amigo mío, ahora que lo pienso, sí que tenía un sexto sentido: podía predecir exactamente cuándo no iba a mantener relaciones sexuales. Siempre decía que no las iba a tener, y siempre acertaba. Aunque creo que todos tenemos ese sexto sentido.
Pues esta persona de la que hablo tiene el sexto sentido que le permite percibir cuándo alguien ha sacado menos nota que ella. Es algo que no lo entiendo. ¿Cuál es el fundamento de ese sexto sentido? ¿Joder al personal? Porque es una habilidad que (creedme) no tiene ninguna otra aplicación. Me imagino que antes de nacer, Dios nos pone en fila a todos para que elijamos un sexto sentido. Este sujeto debía ser el último en la fila, justo por detrás del que recibió la habilidad de saber si alguien es calvo o no sólo por su voz.
Me la imagino a ella (es una chica, por cierto) pidiendo el sexto sentido que le permita atinar a boleo las respuestas de cualquier test, y a Dios diciéndole que tendría que conformarse con elegir entre saber quién ha sacado menos nota que ella o intuir si algo huele mal sin la necesidad de recurrir al olfato.
Si yo pudiera volver a ese momento cambiaría mi elección. Me encantaría tener el poder de predecir con 24 horas de antelación cuándo voy a tener que ir a defecar. Cambiaría mi vida. En su lugar, parece que escogí adivinar los números de la lotería. Una estupidez de sexto sentido al que todavía no le he encontrado ninguna aplicación útil.
Pues eso: te entregan tu examen. Tienes un 4,3. Un maldito 4,3. Necesitas cerca de un ocho de media para asegurarte de que llegas a la carrera que quieres, y ese 4,3 por el que tanto has luchado no hace sino alejarte de tu objetivo. Y ella se gira sonriente. Una sonrisa que vaticina muerte, de alguna manera. Y te pregunta siempre lo mismo: siempre.
‘Yoster, ¿Cuánto has sacado?’
‘Un 4,3′
‘Yo un 4,35′ (con la más amplia de sus sonrisas)
Y eso me sienta mal. Para empezar, porque yo no me llamo Yoster. Me llamo Yosterkote. Cualquiera que me llame Yoster sin mi consentimiento es susceptible de morir de la más cruel de las maneras. Siguiente: nótese cómo tras comunicar mi 4,3 no he preguntado por tu nota. Síntoma de que no me importa lo más mínimo. Si no te invito a plantarte desnuda en mi cama, no te plantes desnuda en mi cama, ergo si no te invito a que me cuentes tu nota… Saca conclusiones. Y para terminar, un 4,35 no es una buena nota, por mucho que sea superior a la mía. Si me dijeras alicaída que tienes un 4,35 opinaría que qué pena, que estoy contigo. Si me dices llena de alegría que tienes un 4,35 opino que felicidades, y que ojalá mueras (en el más amable de los sentidos, eso siempre).
Ha acabado el curso, y una de las cosas que celebro es que no tendré que aguantar cómo esta persona me supera por 0,05. Una de las cosas que algún día podré contar a mis nietos. No hay mal que por bien no venga.