Cosas sin mérito
September 4th, 2011 at 17:37“¿Alguien sabe lo que es ser un romántico? Ser un romántico no consiste en ser un cursi, escribir poemas de amor y llevarle flores a tu novia. Un romántico es aquel que siente la vida propia como única, como una obra inacabada en busca de un final a la altura de su propia unicidad. El que lo sacrifica todo para lograr el todo. El ser creativo, el que antepone su vida a, precisamente, su vida.”
En estos días, o meses, o lustros, no he podido evitar sentirme identificado con esta recreación de la definición de romanticismo que en mi cabeza aparece archivada en la carpeta “Cosas que recordar de la profesora de Lengua de tercero de la ESO”. Y esta definición alterada por el paso del tiempo comparte espacio en dicha carpeta con la lectura de “La Familia de Pascual Duarte”, historias de un pezón arrancado a mordiscos, y el gran feminismo del que hacía gala esta señorita.
No puedo evitar sentirme romántico cuando hago lo que hago. Todo lo que hago. Si me preparo un café, lo hago persiguiendo un ideal. Una representación perfecta de lo que en mi mente es un café. Unas veces está amargo, y otras veces está dulce. A veces está frío, y a veces arde. Pero siempre figura en mi mente como ese café perfecto. Y no importa cuán caliente esté el café que yo prepare. Nunca está lo suficientemente caliente como parecerse a mi humeante café ideal.
Tal vez sea porque el café ideal no exista, o porque el café ideal no es sólo un café.
Ese café ideal es también una taza. Un batín. Un momento único pero prolongado en el tiempo, en el que el periódico reposa abierto sobre la mesa de cristal, recorrido por mi mirada tranquila y meditabunda. Algo así como suministrarme cafeína y azúcar calientes en mañanas desocupadas mientras leo sobre economías violentas y lejanas guerras mientras disfruto de mi paz interior.
Nunca he logrado beber dicho café. He tenido (que no tomado) miles de cafés. Casi todos peores. Algunos, he de reconocerlo, mejores. Pero nunca he logrado tomarme ese café. Y por eso cada mañana que me siento con fuerzas, intento recrear esa escena ideal. Ese maldito café es una de las cosas que quiero tener antes de morir. Al menos una vez. Sólo por eso ya me siento en parte romántico.
Cada vez que comienzo una entrada, me planteo una entrada con un comienzo, una mitad sólida y un desenlace perfecto. Y cada vez que empiezo a escribirla, mi universo se desmorona. Se cae. Los edificios se derrumban y vuelven a erigirse, oscuros, cambiados. Nada es lo que debería ser, y la que en un comienzo sería la entrada perfecta se convierte en un ente extraño, que ni yo reconozco, y que dista mucho de ser perfecto. Como ahora. No hay final posible para esta entrada que me vaya a dejar satisfecho, porque lo que estoy escribiendo ahora no es lo que yo quería decir. Ni lo que yo quería escribir. Ni en su contenido, ni mucho menos en su forma. Tras unas cuantas entradas y varios años de blog, aún no he dado con la entrada perfecta. Igual es por eso, porque soy un romántico. Si al final le doy al botón de publicar es simplemente porque no atiendo a mi propia criba. Porque en ese duro momento, mi romántico afán por tener un blog es más fuerte que el de publicar algo perfecto. Porque si sólo diera salida a aquellas entradas satisfactorias… Bueno. Digamos que prefiero ser un romántico que tiene un blog con alguna entrada y nunca haber escrito nada perfecto que ser un romántico que nunca ha publicado nada en su blog de entradas perfectas.
Y si a veces prefiero esta mediocridad, es que soy un romántico. Un romántico de mierda o una mierda de romántico, pero un romántico, al fin y al cabo. Porque puede ser que a veces me convierta en un romántico venido a menos cuya aspiración total, aquello por lo que daría la vida, es ser un romántico mediocre. Pero no quiero ser un romántico mediocre, así que supongo que más que romántico, soy un insatisfecho crónico. Y si ser un insatisfecho es ser un romántico, entonces soy el mayor romántico de todos. Exactamente como el resto de la humanidad. Porque todos tenemos sueños. Y lo venderíamos todo, incluyéndolos a ellos, para ver cumplidos nuestros sueños.
No tengo miedo a reconocer, como romántico temerario que soy, que he prostituido mis sueños millones de veces para llegar a cumplirlos. Porque en el momento en el que lo cumples, deja de serlo. Es un sueño real. Un sueño perfecto. Un sueño mancillado y carcomido por las tenebrosas manos de la realidad que todo lo cristalizan, que todo lo ensucian. Todo lo transforman en parte de un sueño pasado, ahora inmutable por el hecho de haberse hecho realidad. Porque si hay algo bello que tienen los sueños, es que los podemos cambiar a placer. Para que se vuelvan más irreales, más inalcanzables o más asequibles. Y cuando tenemos la desgracia de ver uno cumplido, ya no nos queda nada.
Por eso, por cambiar mis sueños, es que cada café ideal que pretendo en mi cabeza es distinto al anterior. Y es por eso que una parte de mí (o eso quiero creer) sabotea todas y cada una de mis entradas. Porque si logro mi entrada perfecta, tal vez sea la última. O, al menos, seguro que será mi última entrada perfecta. Porque en el fondo quiero seguir escribiendo cosas imperfectas. Porque todo me la suda. ¿No puede ser ese otro lema del romanticismo? Haga lo que haga y pretenda lo que pretenda, siempre podré decir que se debe a que soy un romántico. E incontables veces habré saboteado mi felicidad para poder seguir sintiéndome un infeliz, un insatisfecho, un infeliz. Precisamente por eso ahora tengo miedo de hacerlo, porque estoy viviendo mi sueño. Mi perfecto sueño romántico, que me priva de ser un romántico. Porque el romanticismo no se puede evitar. El romanticismo es algo vulgar y común inherente al ser humano, ya que todos deseamos vivir, en definitiva, o morir en el intento. De manera que no tiene ningún mérito ser un romántico. Por eso cierro esta entrada, mitad avergonzado, mitad aliviado, al ser consciente de que no es perfecta, de que es un pequeño engendro improvisado que en nada se parece a lo que a mí me gustaría pero que resulta ser exactamente como mi vulgaridad requiere que sea. Porque el romanticismo no es más que un sueño, una idea concebida por nosotros, los románticos. Una ilusión.
El romanticismo ha muerto. ¡Viva el romanticismo!
Tags: café, escribir, romanticismo
September 4th, 2011 at 17:39
Creo que es lo más terrible que he escuchado tras la apoteósica frase de:
“Dios ha muerto”.
Que el diablo nos ampare, o lo haga el realismo.
September 5th, 2011 at 22:09
Algunoss me llaman romántica, a mí me gussta pensar que soy una peliculera..
(Me ha encantado esta entrada, a pesar del susto de saber que no esstoy sola en según qué cosass
=