Blog de Yosterkote

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El blog para la gente peculiar

Archive for the ‘¿Y dónde meto yo esto?’ Category

Todos somos Bécquer, pero sin estilo.

Thursday, August 19th, 2010

No soy muy amigo de las largas introducciones: desde que una novia se quedó dormida cuando comenzaba la presentación de un picante striptease procuro ir directamente al grano. Por eso me van las mujeres con acné. Sin embargo esta es una ocasión especial. Desvelo mi faceta poética aprovechando para hacer lo que mejor sé hacer. Lo único, quiero decir. Lo único que sé intentar hacer: chistes groseros.

Se trata de una pieza lírica de auténtica profundidad sentimental que relata las desventuras amorosas de un joven, Bruno Caliente Aserradero, en la playa, durante una cálida noche de estío… Y de hastío. Un drama que habla de amor, pasión, corazones rotos e ilusiones hechas añicos. Va dirigida a todos esos lectores, jóvenes poetas, que me siguen encandilados por el poderío de mis rimas. Sí, a los tres.

Aquella calurosa noche de verano

cuando con tanta gracia me guiñaste un ojo

lleno de orgullo se me encogió el ano

al ser yo, el mayor objeto de tu antojo.


Oh, cálidas olas que amansan mi temperatura corporal

gracias a vuestra tremenda frescura, causante de mi agrado

gozaremos tras el crepúsculo de una sesión de sexo oral,

que por el efecto de mi halitosis, tendrá tendencias sado.


Cuál sería mi desdicha al ser consciente

de que nunca me guiñaste el ojo, bizca.

Lo que me parecía un guiño inocente

no era más que una pizquita de arenisca.


Volveré a la cueva de la que procedo

a beber y a llorar a partes iguales

y cuando esté más pedo que Don Alfredo,

flagelaré mis hormonas subnormales.


Todos estamos seniles

Sunday, August 15th, 2010

¿Alguien ha visto Donnie Darko? Es una peli de culto para muchos. Ignoro la razón. Tal vez sea porque Donnie, el prota, pronuncia la que para muchos es la frase más cierta de la historia del cine:

¿Qué sentido tiene vivir… Sin una polla?

Dicho en frío puede parecer un comentario grotesco y un tanto machista, pero en medio del campo, con una botella medio vacía de Dios-sabe-qué-brebaje en la mano, te aporta un carisma inigualable. Es el ‘¿Quién te ha dicho a tí que quiero que conduzcas por mí?’ del cine estadounidense: la frase aislada puede quedar un poco rara, pero pronunciada por alguien medianamente pedo, el resultado es espectacular. Desconcertante, pero espectacular. Planeo decírsela a mis nietos de alquiler.

Ahora en serio: uno de los personajes más entrañables de esta película se llama Abuela Muerte. Una tierna anciana de 101 años que con toda probabilidad esté inspirada en la mujer de los gatos de Los Simpson.

Puede parecer algo totalmente desequilibrado. No en vano, aunque la película fue rodada en 2001, está ambientada en el 1988: antes de que cualquiera de los chavales del vídeo tuviera acceso a internet.

Hoy en día la escena sería muy distinta. Porque todos hemos sido Abuela Muerte en alguna ocasión. Ella mira su buzón. No hay nada. Se da la vuelta para entrar en casa, pero en medio de la carretera se para. Gira y decide echar otro vistazo al buzón.

¿No os ha ocurrido nunca? Miráis vuestra cuenta en Gmail. Nada nuevo. Entonces decidís apagar el ordenador. Tras pulsar ‘Apagar el sistema’ o similares, justo antes de dar a ‘Aceptar’… Espera. ¿Tendré correo? Cancelas y actualizas la página. Así una y otra vez. Toda la tarde.

Internet nos está volviendo seniles.

Melones infernales

Thursday, August 5th, 2010

Melones Infernales, además del nombre del club de striptease en el que bailaré, esto… Que dirigiré, quiero decir, es el nombre de una de las historias más rocambolescas de este verano. Más que cuando desperté en el parque rodeado de orina que (a juzgar por el sabor) no me pertenecía. Más que la de esa chica tan superficial que sólo me quería por mi personalidad.

Es una historia de las que le pueden ocurrir a cualquiera, pero con el aliciente de lo misterioso y sobrenatural.

Esa mañana cogí el carro de la compra. Sí, yo hago la compra: soy el encargado oficial de proveer a mi familia de refrescos y leche. Al cogerlo me pareció que el carro pesaba más de lo normal. Miré en sus compartimentos por si había una botella, algo olvidado. No lo había. Por lo que supuse que el problema era mío, que el verano me estaba dejando desentrenado.

Al rato, cuando voy por la calle, un portero me dice señalando al suelo: ‘Oye, se te ha caído eso’. Pensé que se refería a mi gracia porque había leído mis últimos posts. O al tanga que guardo en mi bolsillo. Pero no. Me giro, miro al suelo y contemplo… ¡Un melón! Levanto el carro y, efectivamente, pesaba mucho menos. Tres kilos menos, calcularía a ojímetro. Así que me agacho y recojo el melón. Un melón que parecía relleno de gelatina, de lo blandorro que estaba. No me faltaron las ganas de hacer el numerito de estampar el melón contra el suelo a lo fútbol americano.

Esta historia suscita numerosas preguntas: ¿qué hacía un melón pocho en el carro? La hipótesis más aceptada por nuestros expertos va orientada a la posibilidad de que los fantasmas de los anteriores propietarios de nuestra casa vivan en la despensa y hayan decidido jugárnosla, molestos por mi decisión de empezar a tocar el bajo. Otra posibilidad es que simplemente el melón fue olvidado en el carro la última compra, pero a nosotros nos parece una explicación demasiado retorcida.

Y otro misterio: ¿dónde se escondía el melón? Al llegar a casa realicé una exhaustiva revisión, y no encontré nada. El carro está en estos momentos en el laboratorio siendo sometido a numerosas pruebas y algún que otro interrogatorio. Creemos que puede esconder un doble fondo. Eso explicaría, entre otras cosas, cómo es capaz mi madre de traer especias a casa sin que nadie se entere.

Y todavía no sabemos por qué orificio pudo caerse al suelo un melón entero.

Si podéis aportar ideas, se agradecen. También podéis mandar la historia a Cuarto Milenio.

En definitiva, otro escabroso misterio en el que una fruta se ve envuelta, como el famoso Pineapple Incident, de ‘Cómo Conocí a Vuestra Madre’, o el caso de ‘Esto no sabe a plátano’.

Ahora te entiendo, Ted... Ahora te entiendo

Ahora te entiendo, Ted... Ahora te entiendo