Blog de Yosterkote

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El blog para la gente peculiar

Archive for the ‘¿Y dónde meto yo esto?’ Category

Darle una patada al diccionario (Yoster se vuelve minimalista)

Saturday, February 11th, 2012

En un mundo, yeno de abujeros negros y hácido en los purés de los niños, Llostercote decidió trahicionarse a si mismo, y darle… Patatas al diccionario.

Post Más Absurdo Del Mundo. On Fire.

Ciudad Paraíso: Inefable.

Sunday, June 12th, 2011

Bienvenidos a la ciudad Paraíso. Un nombre ostentoso para una ciudad, si somos sinceros. Es decir: es posible que la ostentosidad sea algo ligado al paraíso, ¿de qué te sirve estar en un lugar paradisíaco si no puedes fardar de ello? No lo puedo explicar con palabras. Es inefable. Inefable: que no puede explicarse con palabras. El otro día conocí a una mujer que acababa de hacer la selectividad. Todo lo calificaba como inefable, de lo que deduje:

1-Que había optado por hacer el examen de filosofía en lugar de historia.

2-Que si para ella todo era inefable, sin duda se debía a que era una chica de pocas palabras.

En ambas posturas estaba yo en lo cierto. En la primera, porque yo estaba (tal vez, y para no desvelar detalles que pudieran serme increpados) algo bebido (o más bien, que había estado bebiendo), y muy posiblemente ella lanzó con anterioridad algún comentario al vacío sobre su examen de filosofía, que se hundió plomizamente en mi cerveza, y voló con sigilo a mi subconsciente, de donde lo rescaté sin saberlo para elucubrar sobre tal caso.

En la segunda… Bueno, tampoco es que recuerde si ella era de pocas palabras. Lo cierto es que ni siquiera recuerdo su nombre. Al fin y al cabo, ¿de cuántas palabras puede ser una persona que ni siquiera tiene nombre?

Inefable es una palabra horrible. Queda chula, pero es mentirosa, puesto que no hay nada que ella pueda describir sin mentir con alevosía. En cuanto algo es calificado como inefable, por no poderse explicar con palabras, deja de ser inefable, porque hacemos que la palabra inefable sea la que lo explica. Mundo cruel es este para las cosas inefables, que ni inefables pueden ser.

Y aún así… Pausa. Permítanme decir “y aún así” en inglés, que sólo en este caso queda más dinámico y moderno…

And yet, podemos decir que bienvenidos a la ciudad Paraíso, donde el césped es verde y las mujeres bonitas.

Untitled post #206.

Tuesday, May 17th, 2011

Soy de los que piensa que ser objetivo de un te amo en el momento oportuno compensa todos los descalificativos que una vida es capaz de recibir. El ser humano es un bicho romántico. Tal vez por eso llevemos todos en nuestro pecho un corazón, más feo que el clásico, estético y simétrico símbolo rosa (o, en su defecto, rojo), pero que late al fin y al cabo. Late al fin y al cabo, y al principio y al golfo. Incluso late, no sólo a cabos y golfos, sino también a brigadas y alféreces; y a gente trabajadora, o gente como yo, que no es que sea vaga, es que a menudo se entretiene visualizando miradas que sólo a veces le pertenecen.

Créanme. Cuando encuentro una de esas miradas, intento cazarla y acunarla, pero siempre se desvanece. Culpa de mis padres, que nunca me compraron una Game Boy. Si la hubiera tenido, habría podido, tal vez, aprender a capturar pokémon, practicando para esos momentos en los que esa sonrisa irradia magia y exhala alegría, y me torturo porque mis torpes pupilas no supieron memorizarlo todo a tiempo. Porque esas magias y esas alegrías no se dibujan en su cara. Salen de ella porque su boca y sus ojos son la ventana a su interior, donde la esencia de cada uno habita, y donde, dentro de ella, hay otro corazón.

Ella es distinta, claro. Pero no lo es tanto. Los dos tenemos corazones afines. Una vez nos los cambiamos y no nos pasó nada. Ella cuidó de mi corazón, yo porté con ternura el suyo. Casi sin darnos cuenta, el intercambio de corazones se convirtió en un mágico rito, hasta que no supimos a quién pertenecía cada órgano. No pasa nada. Viví cosas con su corazón, y ella con el mío, así que se puede decir que, siempre que ella lleve un corazón, una parte de lo que yo soy le latirá dentro, llenándola de vida, susurrándole a sus vísceras.

Y allá donde yo vaya, por mucho que nos separemos, siempre y cuando llevemos puesto un corazón, ella sabrá lo que yo siento, porque el corazón es ese atípico lugar donde las palabras valen menos que los gestos, los gestos menos que las miradas, y las miradas lo valen todo pero a su vez no dicen nada.