Blog de Yosterkote

|

El blog para la gente peculiar

Cosas sin mérito

September 4th, 2011

“¿Alguien sabe lo que es ser un romántico? Ser un romántico no consiste en ser un cursi, escribir poemas de amor y llevarle flores a tu novia. Un romántico es aquel que siente la vida propia como única, como una obra inacabada en busca de un final a la altura de su propia unicidad. El que lo sacrifica todo para lograr el todo. El ser creativo, el que antepone su vida a, precisamente, su vida.”

En estos días, o meses, o lustros, no he podido evitar sentirme identificado con esta recreación de la definición de romanticismo que en mi cabeza aparece archivada en la carpeta “Cosas que recordar de la profesora de Lengua de tercero de la ESO”. Y esta definición alterada por el paso del tiempo comparte espacio en dicha carpeta con la lectura de “La Familia de Pascual Duarte”, historias de un pezón arrancado a mordiscos, y el gran feminismo del que hacía gala esta señorita.

No puedo evitar sentirme romántico cuando hago lo que hago. Todo lo que hago. Si me preparo un café, lo hago persiguiendo un ideal. Una representación perfecta de lo que en mi mente es un café. Unas veces está amargo, y otras veces está dulce. A veces está frío, y a veces arde. Pero siempre figura en mi mente como ese café perfecto. Y no importa cuán caliente esté el café que yo prepare. Nunca está lo suficientemente caliente como parecerse a mi humeante café ideal.

Tal vez sea porque el café ideal no exista, o porque el café ideal no es sólo un café.

Ese café ideal es también una taza. Un batín. Un momento único pero prolongado en el tiempo, en el que el periódico reposa abierto sobre la mesa de cristal, recorrido por mi mirada tranquila y meditabunda. Algo así como suministrarme cafeína y azúcar calientes en mañanas desocupadas mientras leo sobre economías violentas y lejanas guerras mientras disfruto de mi paz interior.

Nunca he logrado beber dicho café. He tenido (que no tomado) miles de cafés. Casi todos peores. Algunos, he de reconocerlo, mejores. Pero nunca he logrado tomarme ese café. Y por eso cada mañana que me siento con fuerzas, intento recrear esa escena ideal. Ese maldito café es una de las cosas que quiero tener antes de morir. Al menos una vez. Sólo por eso ya me siento en parte romántico.

Cada vez que comienzo una entrada, me planteo una entrada con un comienzo, una mitad sólida y un desenlace perfecto. Y cada vez que empiezo a escribirla, mi universo se desmorona. Se cae. Los edificios se derrumban y vuelven a erigirse, oscuros, cambiados. Nada es lo que debería ser, y la que en un comienzo sería la entrada perfecta se convierte en un ente extraño, que ni yo reconozco, y que dista mucho de ser perfecto. Como ahora. No hay final posible para esta entrada que me vaya a dejar satisfecho, porque lo que estoy escribiendo ahora no es lo que yo quería decir. Ni lo que yo quería escribir. Ni en su contenido, ni mucho menos en su forma. Tras unas cuantas entradas y varios años de blog, aún no he dado con la entrada perfecta. Igual es por eso, porque soy un romántico. Si al final le doy al botón de publicar es simplemente porque no atiendo a mi propia criba. Porque en ese duro momento, mi romántico afán por tener un blog es más fuerte que el de publicar algo perfecto. Porque si sólo diera salida a aquellas entradas satisfactorias… Bueno. Digamos que prefiero ser un romántico que tiene un blog con alguna entrada y nunca haber escrito nada perfecto que ser un romántico que nunca ha publicado nada en su blog de entradas perfectas.

Y si a veces prefiero esta mediocridad, es que soy un romántico. Un romántico de mierda o una mierda de romántico, pero un romántico, al fin y al cabo. Porque puede ser que a veces me convierta en un romántico venido a menos cuya aspiración total, aquello por lo que daría la vida, es ser un romántico mediocre. Pero no quiero ser un romántico mediocre, así que supongo que más que romántico, soy un insatisfecho crónico. Y si ser un insatisfecho es ser un romántico, entonces soy el mayor romántico de todos. Exactamente como el resto de la humanidad. Porque todos tenemos sueños. Y lo venderíamos todo, incluyéndolos a ellos, para ver cumplidos nuestros sueños.

No tengo miedo a reconocer, como romántico temerario que soy, que he prostituido mis sueños millones de veces para llegar a cumplirlos. Porque en el momento en el que lo cumples, deja de serlo. Es un sueño real. Un sueño perfecto. Un sueño mancillado y carcomido por las tenebrosas manos de la realidad que todo lo cristalizan, que todo lo ensucian. Todo lo transforman en parte de un sueño pasado, ahora inmutable por el hecho de haberse hecho realidad. Porque si hay algo bello que tienen los sueños, es que los podemos cambiar a placer. Para que se vuelvan más irreales, más inalcanzables o más asequibles. Y cuando tenemos la desgracia de ver uno cumplido, ya no nos queda nada.

Por eso, por cambiar mis sueños, es que cada café ideal que pretendo en mi cabeza es distinto al anterior. Y es por eso que una parte de mí (o eso quiero creer) sabotea todas y cada una de mis entradas. Porque si logro mi entrada perfecta, tal vez sea la última. O, al menos, seguro que será mi última entrada perfecta. Porque en el fondo quiero seguir escribiendo cosas imperfectas. Porque todo me la suda. ¿No puede ser ese otro lema del romanticismo? Haga lo que haga y pretenda lo que pretenda, siempre podré decir que se debe a que soy un romántico. E incontables veces habré saboteado mi felicidad para poder seguir sintiéndome un infeliz, un insatisfecho, un infeliz. Precisamente por eso ahora tengo miedo de hacerlo, porque estoy viviendo mi sueño. Mi perfecto sueño romántico, que me priva de ser un romántico. Porque el romanticismo no se puede evitar. El romanticismo es algo vulgar y común inherente al ser humano, ya que todos deseamos vivir, en definitiva, o morir en el intento. De manera que no tiene ningún mérito ser un romántico. Por eso cierro esta entrada, mitad avergonzado, mitad aliviado, al ser consciente de que no es perfecta, de que es un pequeño engendro improvisado que en nada se parece a lo que a mí me gustaría pero que resulta ser exactamente como mi vulgaridad requiere que sea. Porque el romanticismo no es más que un sueño, una idea concebida por nosotros, los románticos. Una ilusión.

El romanticismo ha muerto. ¡Viva el romanticismo!

La ventana

August 24th, 2011

“Vámonos, vámonos de aquí”. Mis compañeros me incitaban a que diera el paso. Miré por la ventana el mismo escenario que me había visto crecer. El parque, debajo de mi casa, que antaño había sido un bosque ante mis ojos y que un par de semanas más tarde, en una historia completamente diferente pero parcialmente semejante, sería objetivo, indefenso, de un rayo nuclear lanzado desde algún satélite que orbitaría en el espacio. Pero eso yo no lo sabía, y a los efectos, me daba igual. En ese momento sólo sentía el deseo de escapar, de salir de mi cautiverio, antes conocido como casa.

Mis ojos vagaban desde la ventana hasta la puerta de mi dormitorio una y otra vez. “Adelante” susurré. Mis compañeros no necesitaron que les indicara que, para evitar hacer ruidos, prefería escapar por la ventana abierta. Una curiosa elección. Supongo ahora que en el fervor de la huída, cuando la mente se encuentra ocupada y el alma viva, cualquier obstáculo, como en este caso los cuatro pisos de altura que me separaban del suelo, parecen insignificantes. Tan insignificantes que no me importa arriesgar mi vida ni la de mis compañeros. Total, nada malo puede pasarme. Sólo se trata de descender por una fachada, ¿no?

¿No?

En un abrir y cerrar de ojos ellos salieron por la ventana, y me quedé solo. Solo con mis cuatro paredes, mis pósters y mi miedo. Sólo con mi propia soledad, conmigo mismo y con mi peor enemigo. Al asomarme, noté el viento fresco, como el presagio de algo grande. Olía a libertad. O a muerte. Puede que la libertad y la muerte, en definitiva, compartan olor, al ser la segunda un requisito indispensable para lograr la primera. Me colgué del alféizar y mis pequeños pies resbalaron. Me dejaron colgando, indefenso, de mi propia ventana, de mi propio hogar. Por primera vez en esa corta vida supe lo que era el terror. Sólo cuando la muerte comienza a tirar de nosotros, esa vez personificada en la mismísima fuerza de la gravedad, asumimos lo que requiere una vida para ser comprendido: que nadie es inmortal, y que nosotros no somos la excepción. Por desgracia. Había miles de cosas que podía haber pensado durante los dos segundos que duró la agonía de sentir, uno por uno, a mis dedos perder el agarre que me unían a ese mundo mío. Podía haber pensado, por ejemplo, en que no volvería a ver la sonrisa de la persona que hacía que hubiera merecido la pena seguir viviendo. Sin embargo lo único que pensé fue un patético “¿Por qué no salí por la puerta?” que reflejaba lo patética que había sido aquella breve vida. Porque supongo que ahí está la clave de la vida: y es que ésta, si se es feliz, siempre ha de resultar corta, no importa si se muere a los 19 años o a los 90. Y ese sentimiento de pérdida que me acompañaba durante la caída venía a dar fe, supongo ahora, de que en mi vida hubo, en algún momento, felicidad, pues entonces me parecía corta.

Y toqué el suelo, y desperté en mi cama, como siempre. Pero esa vez me sentí sucio y derrotado. Morir es algo profundamente desagradable, aún cuando sólo se trata de un sueño. Porque otra vez había perdido mi vida en un sueño. Y el hecho de no haber podido conservar la vida en aquella pantomima me hizo temer. Podré morir docenas de veces más, en otros sueños. Pero si aquello no lo hubiera sido, ahora no estaría escribiendo esto. Y si en alguna ocasión vuelvo a perder la vida fuera de mis ensoñaciones, entonces será la única vez que la pierda. Y muy probablemente ni siquiera tenga la oportunidad que tengo ahora, de culparme por haberla cagado. De sentirme fracasado.

Lo confieso. Le tengo un miedo atroz a la muerte. Y lo del rayo nuclear que caía sobre el parque frente a mi casa… Bueno, eso será en otro sueño.

Los vales de peregrino y el día que Friday’s pudo ofender a la JMJ

August 16th, 2011

Por casualidad ayer me topé en un VIPS con un folleto desplegable sobre la JMJ. Lo cogí, porque me llama la atención el trato preferente que tienen algunas empresas, como el Grupo VIPS, hacia la JMJ.

Para ponernos en situación, el Grupo Vip’s gestiona (o posee) en España las marcas de cadenas de restauración Starbucks, VIP’S, GINOS, T.G.I. FRIDAY’S, Tio Pepe y The Wok, entre otros. Para que nos entendamos, es un peso pesado de la restauración en España. Pues bien, el Grupo Vips colabora con la JMJ, y este dichoso panfleto contiene un plano de Madrid, con la localización de todos los locales de las marcas VIPS, Ginos y T.G.I. Friday’s más conocido como simplemente “Friday’s”), en los que los peregrinos podrán canjear sus vales de peregrino por determinados menús ofrecidos en cada uno de estos restaurantes. Hasta ahí todo es relativamente normal.

Cuál es mi sorpresa, sin embargo, al ver que hay una pequeña anomalía en el folleto. Veámosla:

¿Todo parece normal? Echemos un vistazo más detallado:

El logo de friday's en el panfleto (dcha) junto al logo real (izquierda)

El logo de friday's en el panfleto (izquierda) junto al logo real (derecha)

Efectivamente, por algún extraño motivo al logo original de la cadena Friday’s le han quitado la G, y esa ausencia se repite en otro par de logos. Es algo curioso. Una empresa nunca suele descuidar aspectos así. Aunque en la calle conozcamos a T.G.I. Friday’s como simplemente Fridays, en los carteles (de tamaño considerable) de estos establecimientos siempre se cuidan de ser fieles al nombre de la marca, con su T.G.I. correspondiente.

Y pensaréis: ¿Y qué más da? ¿Quién se va a fijar en tal insignificancia? Lo mismo me pregunto yo, dado que me parece que tomarse la molestia de borrar esa “g” es bastante sospechoso, cuando prácticamente nadie notará la diferencia.

A todo esto, tal vez convenga saber qué significa el T.G.I. que siempre acompaña al nombre de estos restaurantes. Son las siglas de “Thank God It’s”, puesto que el nombre de la cadena resulta hacer alusión a la expresión thank God it’s Friday (en castellano “gracias a Dios que es viernes”).

Es decir: en el panfleto destinado a los peregrinos han modificado el logo con tal de quitar la alusión a la G de Dios.

¿Por qué? Sólo se me ocurre que tenga que ver con el segundo mandamiento, que dice “No tomarás el nombre de Dios en vano”. Yo me pregunto: ¿Quién se ha tenido que sentir ofendido y hasta qué punto para considerar oportuno tomarse la libertad de modificar con disimulo el logo de la empresa para el folleto? Algo de lo que seguramente nadie se percate, y que aún más seguramente a nadie ofenda, por ser simplemente un inocente nombre que (en mi humilde opinión) no hace daño a nadie.

Es una anécdota sin relevancia alguna. No va a cambiar el mundo, ni la vida de nadie, pero es un pequeño ejemplo de algo que podemos interpretar como detallismo, excentricidad o incluso fanatismo de La Iglesia, eso queda a debate de ustedes. Yo, por mi parte, espero no haber perturbado a Dios con esta observación. ¿Qué será lo siguiente? ¿Llamarlo “”Quien no debe ser nombrado” o “Quien tú ya sabes”? Alguien ha llegado a equiparar a Dios con el mismísimo Lord Voldemort. A mi juicio alguien ahí arriba puede estar muy cabreado, tendremos suerte si no nos cae un Avada Kedavra encima.