Las peores, y a la vez mejores, 24 horas de mi vida.
Sunday, August 22nd, 2010Ayer ví a Iron Maiden. Por fin puedo morir. Porque desde que supe que el 21 de agosto vería a mi grupo favorito, mi vida cambió. Es como saber con dos meses de antelación el día, la hora y el lugar en el que vas a perder la virginidad. Y todo por 66,6 euros, como de costumbre.
La única diferencia respecto a perder la virginidad es que el concierto (esperas) va a durar más de cinco minutos.
Llegas a la estación de Méndez Álvaro para coger el autocar. Guay, porque ves a algún que otro tío con camisetas de Iron Maiden, como tú. Los metaleros seremos muchas cosas, pero elocuentes, lo que se dice elocuentes… No.
Yo: -Hola.
Jebi1: -Hola.
Yo: -(Señalando su camiseta) ¿Vas al concierto?
Jebi1: -Sí.
Pausa
Jebi1: -¿Tú?
Yo: -Ajá (acompañado de un movimiento afirmativo con la cabeza).
Jebi1 es uno de los personajes de esta historia. Venía acompañando a su hija, JebiHembra. El otro protagonista es Jebi2. Un tío cuyo peinado fue desfigurándose progresivamente a medida que pasaban las horas.
Una vez en la cola (del concierto, digo) descubrí por qué la enseñanza en España es una basura. Profesor de Geografía, escucha esto: ¿dices que el mar suaviza las temperaturas? Mis gónadas. Estuvimosmás de cuatro horas bajo el tórrido solazo mediterráneo. Podíamos ver cómo las gotas de sudor que caían desde nuestros cuellos hervían violentamente al golpear el hormigón. Y por supuesto, me quemé. Este mediodía, al llegar a casa me he mirado al espejo y he encontrado un precioso color a lo Dr. Zoidberg sustituyendo a mi característico blanco neveril.
¿Dónde está mi madre insistiéndome en que me ponga crema solar cuando de verdad se la necesita?
A todo esto, y antes de seguir, he de reconocer que ese no era el plan original. Desde el primer momento tenía planeado llegar al puerto, hacer una llamada a una JebiAmiga, que estaría haciendo cola desde varias horas antes, y colarme entre su JebiGrupo por la cara, o ‘baideféis‘, que dicen los ingleses.
A las 13:00 llamo a su número: ‘Hola, ¿dónde estáis?’ A lo que ella sorprendentemente responde: ‘Dando una vuelta. Luego comeremos, seguiremos por ahí y ya te veremos. Estás en la cola, ¿no?‘
Oh, mi desdicha. Al final sería yo la víctima de mi propio y maquiavélico plan: el pringadillo que guarda cola al sol mientras los demás se divierten.
‘Sí, estoy en la cola.’
Ella pregunta: ‘¿Y cómo puedo encontrarte?’
‘Muy sencillo: soy el que lleva una camiseta de Iron Maiden.’
‘Pero si todos llevan camiset…’ Cuelgo. Por supuesto que todos llevábamos camisetas de Iron Maiden.
A las 17:00, a una hora de la apertura de puertas, JebiAmiga llama.
‘Oye, ¿dónde está el Auditorio Marina Sur?’
El Auditorio Marina Sur era el lugar del concierto, por lo que le respondí con un facepalm telefónico, seguido de unas breves pero claras explicaciones de cómo llegar.
No volví a saber nada de JebiAmiga.
Se abrieron las puertas y surgió otro nuevo inconveniente: No se permite la entrada al recinto con bebida o comida. El motivo es muy sencillo: nadie es tan tonto como para gastarse 8 euros en una cerveza si puede llevarse la suya de casa, de manera que se aseguran de que pases a esa sauna llamada concierto sin nada que te refresque y piques en su trampa. Jebi1 y JebiHembra, sin embargo, llevaban una bolsa de deporte llena de ropa y comida a partes iguales.
La cola avanzaba a trompicones, y entre el frenesí de jebidestrucción, Jebi1 trataba por todos los medios de colocar la ropa perfectamente sobre la comida. Cierra la cremallera, levanta la cabeza y se encuentra con la fría y dura mirada del guardia de seguridad, que le pide que abra la bolsa.
A nuestra izquierda otro guardia se las ve con unos chavales que, para deshacerse del agua, se la estaban tirando los unos a los otros.
Nuestro guardia rebusca entre la ropa. Una manzana: a la basura. Un botellín de agua: a la basura. Era demasiado tarde. La bolsa había caído en poder de la autoridad, y la autoridad había descubierto el pastel. El pastel, la empanada, la tartera y los macarrones con queso. En defensa de Jebi1 diré que el suyo es con diferencia el mejor doble fondo improvisado que se podía haber hecho con los recursos de los que disponía. Él miraba al guardia con carita de cordero degollado. ‘Menudo jebi’, pensé.
Era todo un dejá-vu. Jebi1 se sentía como si estuviera en un aeropuerto norteamericano con tres kilos de cocaína escondidos en el culo mientras un perro de la policía se detenía a olisquearle el ano. No había nada que hacer. tanto trabajo preparando la comida habría sido en vano. Sólo podía contemplar en primera fila el fatídico desenlace. O eso creía. Cuando el guardia hurgaba bajo la ropa, tocando lo que probablemente era un bocata de lomo, los chavales que se estaban mojando los unos a los otros a nuestra izquierda terminaron de vaciar su botella sobre el guardia que estaba a punto de convertirse en el verdugo de Jebi1. Jebi1 miró al cielo, pidió piedad por las almas de los chavales que le habían salvado el cuello y siguió su camino como quien no quiere la cosa.
Poco más que comentar. Tras Edguy, los teloneros (que dejaron constancia de que son uno de los mejores grupos de metal que ha surgido desde los noventa) llegaría Iron Maiden. No sin que antes el batería de Edguy tirara las baquetas al público. Lanzó una al aire. La otra al centro de la mole. Un centro en el que yo me incluía. Vi girar el palito en el aire a medida que se acercaba a mí. Levanté las manos. Más que para cogerla, para protegerme la cara. En un abrir y cerrar de ojos nueve personas estaban a mi alrededor (o mejor dicho, alrededor de la baqueta) matándose por conseguirla. Cuando me quise dar cuenta, ¡sorpresa! yo también estaba agarrando uno de los extremos. Al final va a resultar que tengo dotes para el baseball. Tras media hora de lucha sin cuartel por un simple palito de madera, me dije a mí mismo: ‘Uno momento: tú no tocas la batería.‘ Solté el palito. Una nota: doy fe de que las baquetas usadas por Edguy son resistentes. Mucho.
Luego salieron los Maiden. Tocaron, y tocaron bien. Una pena estar rodeado de otros 20.000 borregos como yo. Aunque Maiden gane un montón en los directos, aunque Dickinson sea el frontman más carismático de la Tierra y aunque Steve Harris me disparara con su bajo, Iron Maiden es una múscia muy jebi, sí, pero que hay que interiorizar. Iron Maiden puede escucharse perfectamente rodeado de 20.000 almas que sudan, botan y gritan. Pero Iron Maiden gana muchos enteros cuando se oyen desde el corazón. Y la grave deshidratación me lo puso difícil. Tuve que abrirme paso hasta el puesto de cerveza. Una cerveza que en este caso fue terapéutica, ya que sin ella habría muerto.
Quién me iba a decir que cuando Iron Maiden concluyeron su ‘Running Free‘, la noche no había hecho más que empezar.
Al salir fuimos a la playa. Es una gozada tumbarse en la arena sin freírte en tu propio sudor por efecto del sol. Inteligente de mí, decidí bañarme. Con pantalones, claro. De todas formas, ya estaban llenos de tierra. Es placentero, como digo, bañarse por la noche. O al menos lo fue hasta que nadando me tropecé con un bidón de gasolina. Amamos el medio ambiente. Por algún extraño motivo se me pasaron las ganas de nadar. Cogí mis cosas y me despedí de Jebi1 y JebiHembra. Me lanzaría a la aventura a buscar la estación de tren de la que saldría al día siguiente (hoy) hacia Madrid.
Jebi2 decidió acompañarme. No sabía dónde se metía.
Tal vez pequé de un exceso de confianza creyendo que llegaríamos a pata desde el puerto hasta la estación de Saint-Isidre. Cuando algo está en la otra punta de Valencia, está, de hecho, en la otra punta de Valencia. Valencia no es ningún pueblucho, para mi desgracia. Y cuando vas con los pantalones mojados y sin monociclo en una ciudad desconocida, peor. Jebi2 y yo llegamos a la determinación de que cogeríamos un taxi hasta Saint-Isidre, y ahí buscaríamos un sitio donde dormir.
Bajamos del taxi en lo que parece un descampado y le pregunto al conductor: ‘¿Sabes dónde hay algún hotel cercano?’
Él nos responde que no, que por ahí no hay hoteles. Que estamos en las afueras de Valencia, y que ahí no hay nada. Que estamos en medio del desierto. Que si morimos ahí probablemente tarden años en encontrar nuestros cadáveres, si es que los encuentran. Sube su ventanilla y arranca a toda velocidad, no sin antes dedicarnos una risa a lo Michael Jackson en Thriller:
Oímos un relámpago, escuchamos su correspondiente sonido, y a continuación nos acongojamos ante un lobo que aullaba en la oscuridad.
Sí, he exagerado un poco, pero en ese momento la sensación fue idéntica.
Buscamos un hotel, un motel, y hasta un chotel. Nada. En las 2 horas que paseamos por allí sólo pasaron tres personas, y ninguna conocía un lugar donde se pudiera dormir. Rendidos, decidimos hacer turnos de guardia mientras el otro duerme.
Mi sueño duró poco: no sólo porque dormir en el banco de una parada de autobús es una mierda, sino porque al estar quieto los pantalones empapados me estaban haciendo tiritar. Fue muy hábil por mi parte no ser consciente de que por la noche el sol no pega tan fuerte como durante el día.
Convenzo a Jebi2 de coger otro taxi, uno que nos lleve al hotel más cercano, y pasar allí la noche.
Y así hicimos. Salvo por el detalle de que los hoteles que visitamos estaban llenos. Pasé a los baños con la esperanza de que tuvieran un maldito secador. No lo tenían. Desde ayer odio las toallitas de papel.
La solución, por lo tanto, pasadas las cuatro de la madrugada, fue sentarse junto a una boca de metro. Tuve que quitarme los pantalones para no morir congelado en mi propia estupidez, durmiendo de nuevo por turnos. Cuando abrieron el Metro (dos horas más tarde) nos metimos. Al frío sumemos la jaqueca, y una hora de espera hasta que pasó el primer metro que nos llevaría, de nuevo, a la estación de tren que alguien había decidido montar en medio de la nada. Cristóbal Colón estaba convencido de quepor mucho que avanzara, nunca llegaría a un abismo donde todo se acaba y sólo hay vacío. Evidentemente Colón nunca estuvo en la estación de Saint-Isidre.
En la estación encontré un baño con secador. A partir de ahí fui el hombre más feliz del mundo.
Termino con una reflexión: como dije al principio, ver a Iron Maiden fue como perder la virginidad: nervios, calor y sudor a partes iguales, algo de cerveza, musiquita, botes, escalofríos, espasmos, frío glaciar, muchos gritos, cansancio físico, malestar general, deshidratación, quemaduras, tal vez alguna venérea, 66 euros más gastos de transporte y lo más importante: ni un orgasmo.
Definitivamente, tengo que volver a verlos.




