Blog de Yosterkote

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El blog para la gente peculiar

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Pesadilla urológica

Thursday, January 21st, 2010

<HISTORIA COMPLETAMENTE VERÍDICA. DE VERDAD>Queridos lectores: hoy voy a revelar una parte muy íntima de mi ser. En realidad son dos partes, y me gustaría poder decir que son muy grandes: mis gónadas.

Hace unas semanas en clase empezaron a dolerme los testículos. Cuando llegué a casa lo primero que hice fue acudir a mi mejor amigo: Internet. Nunca lo hagáis. Si buscáis “dolor de testículos” en Google nunca saldrá nada esperanzador. Cáncer o torsión testicular son algunos ejemplos de lo que se nos cita en el navegador. Muy feo: en caso de la torsión testicular, intervenida antes de las seis horas, puedes salvar el huevo. Y aunque salves el huevo, la solución pasa por rajarte el escroto y coserte el huevo de nuevo (toma pareado). En cuanto al cáncer… Sin comentarios.

Habían pasado bastante más de seis horas, así que lo siguiente que busqué en Google fue: “¿Se puede vivir con un sólo huevo?

Sabía que nada volvería a ser igual. Al andar necesitaba introducir una mano en el calzoncillo y asegurar que el movimiento transmitido al huevo fuera mínimo. Cualquier cosa para mantener el dolor alejado de mis alveolos eyaculares.

Una cosa: nunca vayas al urólogo de urgencia acompañado por tu padre. No es agradable. De hecho, ir al urólogo de urgencia no es agradable… Ir al urólogo en general no es agradable. Para empezar, en recepción hay que rellenar formularios y responder preguntas:

“Sí, los huevos…”, “Sí, señorita, desde esta mañana…” “No, no practico el sadomasoquismo extremo con frecuencia… ¿verdad, papá?”

Pero de todo hay que sacar una lectura positiva. Al final del día tendría la satisfacción de que una mano ajena me habría tocado los órganos reproductores.

Uno se tumba en la camilla y espera a que el urólogo (cuya cara me recordaba vagamente a la de mi primo) haga su trabajo.

  • Primera mala señal: guantes de látex. Es evidente que no voy a obtener ningún placer sexual de las manos de un varón treintañero con guantes de látex. Para eso se obtiene más gustito poniéndose un profiláctico caducado durante una noche de hastío.
  • Segunda mala señal: no se conforma con mirar, sino que quiso palpar. Chavales, si creéis que el dentista es doloroso es porque nunca habéis estado en el huevista. Ya me dolía bastante con la vibración del taxi, no necesitaba que un desconocido me las manoseara y oprimiera a placer (placer suyo, no mío).

Tras un rato de tocamientos infernales durante los que visualicé por completo el árbol genealógico del simpático individuo que hurgaba en mi entrepierna (desde entonces siento un inexplicable rechazo por las máscaras, los látigos, los grilletes, las fustas y el cuero); el diagnóstico fue el siguiente:

“Verá, eh… Su hijo está en una edad en la que… El desarrollo… El crecimiento… Esto… La adolescencia… A veces los testículos, bueno… Trabajan demasiado y… Bueno, eso… Eso se pasa.”

Lo único de lo que mi padre y yo nos enteramos fue que mis testículos habían trabajado demasiado, y ambos teníamos una duda que mi progenitor no tardó en formular:

¿Pero eso significa que los usa demasiado o que los usa demasiado poco?

Y eso, amigos, es la catarsis. Porque cualquier respuesta posible a ello me dejaría en mal lugar.

  • a)Los uso demasiado: cojonudo. Mi padre ahora sabe que me la pelo como un chaval de 12 años recién hormonado.
  • b)Los uso demasiado poco: cojonudo. Mi padre ahora cree que soy un mariquita que no sabe autocomplacerse.

La respuesta era la opción B. Si mis testículos no hubieran estado fuertemente asidos por las manos de aquel caballero, la situación habría sido realmente cómica. Aunque ahora que lo pienso, eso hacía la sórdida situación algo más cómica. Ver al pitólogo explicarle entre líneas a mi padre que necesitaba masturbarme más (yo, no él) no tiene precio.

Y mi cara tampoco:

¿Yo? ¿Que me la tengo que machacar… Más? No me malinterprete, doctor… Me encantaría hacerlo, pero entiéndalo: yo tengo una vida y todo eso. No puedo dejar de comer, por ejemplo, para seguir masturbándome. He realizado estudios en mi dormitorio que sostienen que si me masturbo un poco más, el universo implosionará.

Pero el universo es maravilloso, y tiene la capacidad de poner todas las cosas en su sitio. Me mandaron a casa con la orden de tomar antiinflamatorios y de… Eso. Durante la semana siguiente tuve que masturbarme una cantidad indecente de veces. Me sentí fatal. Uno se masturba por infinitos motivos: placer, aburrimiento, perversión… En algunas ocasiones hasta por dinero. Pero hacerlo por recomendación médica era (y sigue siendo) algo intolerable para mi.

Lo bonito de todo aquello es que ideé un nuevo método de ligar: contaba la historia y decía que si no hacía el amor en 48 horas perdería el huevo. Si eso hubiera sido cierto, habría perdido el huevo decenas de veces, porque el truco no funcionó, así que no lo intentéis. Las mujeres son así de crueles: nunca se preocupan por los huevos de la gente.

Y no fue más allá. Y respecto a la pregunta que todos ustedes se plantean… Bueno, sí, me masturbé más, pero están leyendo esto… Lo que significa que no, el universo no implosionó.</HISTORIA COMPLETAMENTE VERÍDICA. DE VERDAD>

Añadido: 11 de febrero de 2010.

Post publicado en Menéame y un total de 12000 visitas en 3 días. Nunca pensé que llegaría a tener los huevos más famosos en internet desde Nacho Vidal.

Madrid, 4 de octubre: la fiesta (mono)ciclista

Sunday, October 4th, 2009

¿Qué lleva a una persona en apariencia normal a calzarse sus viejas deportivas, ponerse un sombrero de cow-girl y montar en monociclo un domingo a las 8 de la mañana?

Es que esa persona, amigos, es un ser humano. Vale que el ser humano apesta. No lo niego. Nos cargamos el planeta y no nos preocupa.

Perdón, sí que nos preocupa, por eso un día al año resulta ser el día mundial sin coches, esa gran iniciativa sin éxito alguno… Si es que la raza humana apesta (exacto, eso es racismo); pero en el fondo tiene un componente tierno y entrañable. Esa vena de locura que esta mañana, al igual que hace un año, me dijo: “Yosterkote, ponte tu atuendo de monociclista: hoy vas a hacer 22 kilómetros en monociclo… ¡Y a ritmo de bicicleta!”

En sus caras no se refleja el duro trato al que sus traseros habian estado sometidos, pero sólo por respeto a la Cibeles

En sus caras no se refleja el duro trato al que sus traseros habian estado sometidos, pero sólo por respeto a la Cibeles

Ni frío ni calor para un día en el que un amigo y yo nos reunimos en la estación de metro Ibiza a las 9 para dar uno de esos paseos que recordaremos el resto de nuestras vidas. No: no hemos visto a ninguna mujer desnuda, pero lo recordaremos de todas formas.

Para empezar, porque es un evento que recibe cada año a cerca de 100.000 ciclistas (quien dice ciclistas dice…), pedaleando a lo largo de 22 Km de las calles del centro de Madrid. A pesar de que Marid no se llevará los juegos, los madrileños hemos demostrado que nuestro espíritu deportista sigue intacto, a pesar de que sí pude oír a un viejo quejarse: “Tanta bici, tanta bici… Que se vayan al Retiro”. Genial. La capital dispone de sus calles durante todo el año, pero la mañana del primer domingo de octubre… Esa es para los ciclistas. Y aunque mis compañeros con monociclo (por cierto, menos que en otras ocasiones) no cogimos el atajo e hicimos el recorrido íntegro (eso sí, siendo adelantados por todo Cristo), podemos decir que fue un éxito.

Hubo un momento en el que me perdí del grupo. Yo solo rodeado de cientos de ciclistas, el doble de cansado que ellos (es una aproximación, nada de valores calculados), escuchando comentarios de todo tipo. Por cierto. Cuando habléis con un monociclista, tened claro que NO:

No somos payasos.

No vamos a hacer un caballito/derrapar

No se nos ha roto la bici

No nos han robado la mitad

O lo que es lo mismo: . Sí que estamos un poco tocados del ala para osar recorrer los 22 Km. como si de una bici se tratara. Cuando estaba solo, una cancioncilla asaltó mi poco oxigenada mente: yo era un monociclo en una ciudad de bicicletas. Aunque casi todo lo que escucho es Iron Maiden, Kiss, Metallica, Black Sabbath, Judas Priest y grupos de power metal alemán, sigo guardando un huequecito en mi corazón para Michael Jackson (que en paz descanse), Queen, The Beatles, y alguna cancioncilla del estilo Red Wine… o Englishman in New York.

Eso era yo esta mañana: un monociclista en bicilandia, un alien legal… Un inglés en Nueva York. Y aunque mañana tendré agujetas, aunque tenía el huevamen anestesiado por falta de riego y aunque era un Englishman en New York, soy plenamente consciente de que a las 8 de la mañana del primer domingo de los sucesivos octubres de mi vida, me levantaré, me pondré mi sombrero de cow-girl para participar en esta multitudinaria fiesta que hoy cumplía 31 años, para dar el cante, y para hacer de ella un poco más monociclista.

¿Cuantos relojes de arena pueden fabricarse con la arena de una playa?

Tuesday, July 28th, 2009

Buenos días…

¿Alguien ha estado alguna vez en una playa? No, en serio… ¿Por qué? Cuando alguien se imagina ir a la playa, normalmente esa imagen mental es una arena casi blanca y (por supuesto) completamente desierta de toda vida humana á excepción (por supuesto también) de dos rubias de 23 años en top-less o, en su defecto, dos chiquillas hawaianas con faldas de paja y collares de flores que con una impecable sonrisase acercan a tu hamaca y:

“¿Quiere el señor un refresco?”

Por no hablar del agua… el agua de nuestra playa imaginaria es el único agua que cumple los requisitos para cambiar de nombre: allí el agua ya no es el agua; sino que son LAS AGUAS… Todo da igual, porque no hay ni una sóla medusa, ni una sóla ola con la que ahogarse, y con lo limpia que está, un tiburón sería divisado 20 km mar adentro antes de llegar a tocarte… Cosas de la vida. Si nuestro olor mental fuera fiel a lo que dicta la imagen, olería a cloro que te cagas, porque agua así sólo puede verse en una piscina; pero ya que estamos imaginando… ¿Qué más da? Si es que no podemos evitar pensar en Los Vigilantess de la Playa.

Nada más lejos de la verdad. Tras cuatro horas en coche, uno llega finalmente a la playa y echa un vistazo. Efectivamente, una playa desierta no es. Es más: por la concentración de gente podría decirse que algún grupo de la talla de Iron Maiden o Bruce Springsteen está tocando… Pero no. Esa primera línea de playa, que está más abarrotada que un vagón de la línea 6 del Metro de Madrid en hora punta, supone la primera decepción.

“No pasa nada: es bueno que haya gente, al fin y al cabo… Si el 2% de las mujeres están en top-less, a más gente, más top-less.”

Amigo mío: es que el ser humano es optimista por naturaleza, pero si por esas. Con tu sombrilla y tu sillita te abres paso entre las toallas y sombrillas de aquellos que llegaron antes que tú (para coger esas posiciones seguramente hayan guardado cola desde las dos de la madrugada del día anterior). Una vez llegas al punto de destino (eso sí, andando con mucho cuidado, ya que basta un movimiento en falso para llenar de arena la toalla de un enemigo en potencia), llenas tus pulmones de aire, miras al frente y comienzas a mirar a todos los seres a tu alrededor. Eres un hombre, así que tienes experiencia en estos tipos de escaneos. Algo así como un Terminator:

 

NIPPELATOR

 

Recuento de mujeres en topless:

18-22 años: 0

23-25 años: 0

25-28 años: 1

28-35 años: 3

35-42 años: 2

42-50 años: 0

50-65 años: 27*

Nota: te has quedado mirando demasiado tiempo a la más joven y su novio, ese que tiene un brazo más gordo que tu pierna, te mira con cabreo.

*De las cuales la mitad están recibiendo uno de esos tratamientos de barro.

Por cierto, respecto a la imagen: si te has fijado en el libro que hay sobre la mesa… No, no todas las mujeres en topless utilizan un sistema operativo Linux. Otra cosa: para los que se hayan fijado en el link en negro que aparece en la esquina inferior… Sí, tengo tanto tiempo libre como para currarme una imagen al estilo Terminator y sí, soy tan sumamente vago que no me apeteció borrar esos 10 píxeles de altura… Cosas mías.

A lo que iba: no hay mujeres en topless, y las que hay no encajan en tu estereotipo de chica hawaiana/rubia de 23 años. Así que ahora empiezas a escanear el suelo, en busca de cinco cm cuadrados en los que poder colocar tu sombrilla. Tras media hora de ardua búsqueda, encuentras un hueco… Al que instantáneamente se lanza otros tres tíos como tú. Vamos: un paraíso.

Y lo peor no es eso: lo peor es que luego te toca plantar la sombrilla. Lo menos noventa minutos para cavar un hoyo a destajo. En esos momentos llegarías a envidiar a los chinos que fueron explotados para construir el ferrocarril de los EEUU en el siglo XIX.

Y una vez clavas tu sombrilla, se presenta uno de los fenómenos meteorológicos más comunes, con el que nunca habíamos contado: el viento. Te ves obligado a agarrar la sombrilla tú mismo con todas tus fuerzas para que no se vuele, y recurriendo a la ayuda de dos arquitectos y cinco ingenieros que pasaban por allí optas por reforzar el asentamiento de la sombrilla con fuertes, cortafuertes y hasta un puente levadizo, con su foso y sus cocodrilos… Por si acaso. ¿Y ahora qué? Te bañarías, pero es que antes de salir te has comido una aceituna, y tienes que aguardar 12 horas para hacer la digestión.

¡Pero no importa! Tú eres un hombre de recursos, y como tal, fuiste capas de prever lo que se acontecería. Te has traído un libro. Procura que sea un libro que odias mucho, como el libro de UNIX de las mozas de la foto… Porque lo más seguro es que con la arena el libro muera. Te tumbas en tu silla, a ras de suelo, y el viento te dispara una intensa ducha de arena en la cara, los ojos, la boca… Es que no hay manera. Ya digo yo: leer en la playa es una causa perdida. Para leer en condiciones hace falta una cosa tan simple como la taza de un inodoro… Pero en fin, como dicen los sabios, si no puedes con tu enemigo, únete a él. Si la arena no te deja leer, puedes darte un paseo por la orilla del mar. Precioso. Ahora sólo te queda recorrer los dos kilómetros que os separan a ti y a tu sombrilla de lo que viene a ser el agua, porque no encontraste un maldito hueco más cerca. Y claro… Ingenuo de ti, tampoco has tenido en cuenta que aunque tú acabas de instalarte, el astro rey lleva seis horas calentando la arena para ti.

“¡Ay! ¡Huy! ¡Cachis!…”

Una sinfonía de graciosas exclamaciones a lo largo de esos dos kilómetros, acompañadas de un curioso bailecillo, más parecido a una danza de la lluvia que otra cosa, como medio para no freír tus pies en el calor de la arena. Y llegaste. Te ha costado 1000 kilocalorías, una grave insolación y ser el hazmerreír en cinco playas a la redonda, pero llegaste. Comienzas a andar… Esquivando cual Neo en Matrix pelotas de tenis-playa (ese gran deporte) y atletas haciendo footing en bañador, hasta que finalmente es ese balón hinchable de Nivea el que te derriba. Pero tú tranquilo… Te recompones y sigues andando, hasta que inexplicablemente te ves rodeado por un banco de conchas rotas que pueblan la arena. Vayas donde vayas tienes conchas, y sólo puedes pasar por encima repitiendo la ya conocida danza, hasta entrar en el agua (donde al menos no pisarás conchas).

Pero has cometido un grave error. No expones tus ojos a la acción del agua de mar, sino que esa misma sal se cuela en tu bañador, y te empapa la ingle… Ese precioso lugar que tras tus dos kilómetros de baile ahora está al rojo vivo. Querido lector: tras muchos años de relativamente infructuosas reflexiones he llegado a la conclusión de que la arena de playa no es arena mundial… Esos granos de arena son las ingles que se han ido desgastando de los turistas que han visitado ese lugar desde el principio de los tiempos. La culpa: el bañador. ¿Por qué tuvieron que hacer la redecilla de los bañadores de tío con papel de lija? Por eso las playas nudistas suelen ser más cutres: hay menos ingle desgastada por todas partes. Así que tienes que darte prisa en salir del agua. Si se te irrita un poco más acabarás sangrando de verdad, y no quieres atraer a los tiburones.

Mi más sincera enhorabuena. Has salido del mar. Ahora sólo te queda recorrer de vuelta esos 2 kilómetros hasta tu sombrilla. En parte quieres ir despacio, para no seguir desgastándote las pelotas, pero tienes que ir rápido mientras dure la humedad de los pies que los protegerá de esa arena que está al rojo vivo… ¡Al igual que tus ingles! ¿Casualidad? Por supuestísimo que no, mi querido lector. Si ambas están ardiendo es porque ambas comparten naturaleza… ¡Ambas son lo mismo!

Pero tranquilo, amiguito… después de todo, todos nos hemos llevado algún chasco así alguna vez en nuestra vida. Ya puedes recoger tu bolsa de playa y rezar para que no se hayan llevado nada, y que lo que quede no esté lleno de ingles de tiempos ancestrales  arena.

Lo más triste no es eso. Ya has ido a la playa, el daño ya está hecho. Lo más triste es que eres un hombre, y en lo que a playas se refiere, el hombre es el único animal que tropieza ‘tropiecientas’ veces con la misma piedra (perdonadme por el juego de palabras, soy consciente de que es para matarme). El año que viene volverás a la misma playa, repetirás la escena de escaneo de topless, de búsqueda de hueco para la sombrilla, de danza de la lluvia y de ingles sangrantes, porque somo así, y porque estamos condenados a repetirlo una y otra vez hasta el fin de los tiempos.

Y a pesar de todo… ¡FELIZ VERANO!