Hola. Soy monociclista. Al contrario de lo que la gente pueda pensar, no soy un simio que monta en bicicleta (por lo de mono-ciclista), sino alguien que monta en monociclo. Las consideraciones de si resulto mono o no, quedan al margen.
¿Cómo llegué a convertirme en monociclista? Todo un misterio: desde luego, uno no se despierta un buen día diciendo: “Quiero ser monociclista”. Lo cierto es que de esto se encargó un amigo mío. Él siempre había sido muy malabarista, y acabamos juntos navegando por una web de venta de monociclos, cachondeándonos de todo: “Jajaja… Hay que ser pringao… Más de cien pavos para caerse…”. Efectivamente, él cayó primero.
Entonces no es más que cuestión de tiempo: él se compró otro mejor, y me prestó indefinidamente el suyo. Realmente es una afición interesante. No os voy a engañar: la bici corre más y cansa menos. La única ventaja es que se liga más. Puede parecer coña, puesto que el monociclismo se considera una extravagancia, más que un deporte; pero montar en monociclo aumenta considerablemente las probabilidades de llamar la atención (gran observación por mi parte). En serio. Normalmente, cuando ves a una chavala por la calle, llegar a entablar una conversación que dé pie a algo más es bastante complicado:
Para empezar, uno tiene que decidirse. Creo que todos nos hemos enfrentado alguna vez al dilema de: “¿Le digo algo?”. A demás, una vez te has decidido, tienes que decir algo. Seamos sinceros: bloquear el paso a una tía sin nada que decir, no es buena técnica. Preguntar por la hora tampoco. Menos aún si llevas reloj. Con un monociclo, todo cambia. No te tienes que esforzar en llamar su atención. Basta con que no te caigas. A demás, el tema de conversación está garantizado. Aún así, deberías recordar, que por muchos monociclos que estés montando, la frase “Soy Rodrigo: ¿Quieres tener sexo conmigo?” seguirá pareciendo una grosería… Cosas de las mujeres.
Así, con el tiempo puedes observar las reacciones de la gente ante tu cacharro (el monociclo; no el amigo de Rodrigo), que pueden catalogarse en función de la edad de cada persona.
-En primer lugar, los abuelos te mirarán sin mayor alteración siempre y cuando pases a una prudente distancia de ellos (entendiéndose por prudente no menos de cincuenta metros).
-Los adultos, por lo general, sonríen, te miran de arriba a abajo disimuladamente. Esto cambia si el adulto va acompañado de un niño pequeño. Todos sabemos que a todo padre le entra de vez en cuando ese venazo, digamos… Subnormal:
-“¡Mira el avióooon!”
Pues lo mismo: no hay padre que no disfrute delante de sus hijos enseñándoles un monociclista.
-Los chavales generalmente tienen una mente más payasa, por lo que te animarán, te pedirán que les dejes probar… Normalmente dejan escapar algo como: “¡Qué guapo!”, a lo que uno responde con otra, como: “Gracias, hombre. Tú tampoco estás nada mal”.
Y finalmente los niños, que te ven como el acontecimiento del día:
-”¡Mira lo que hace ese señor!”, o “¡Mira, mamá, es un payaso!”
Claro está que los papeles pueden invertirse, habiendo ancianos que alucinan como chavales y chicas que pasan de ti como viejas; y claro: yo, tan payaso como soy, acabo fardando de ello, porque, sinceramente, hay comentarios que no tienen pérdida. Con la práctica uno acaba sabiendo qué responder.
Chaval: “Tiene una rueda entre las piernas.”
Yo: “Y cuatro penes debajo del coche.”
Chica: “¿Puedes montarme ahí arriba?”
Yo: “Yo a tí te monto donde quieras.”
Hombre: “Se te ha perdido una rueda.”
Yo: “Y a tí tu originalidad.”
Lo dicho: que llevar un monociclo por ahí siempre da pie a más de una anécdota, cubres más espacio en menos tiempo, haces ejercicio… Casi perfecto. Sin embargo, has de tener en cuenta que montar en monociclo sólo mola en directo. No queda nada bien decir a alguien que montas en monociclo sin que te haya visto antes. Normalmente se quedan como si les acabaras de contar que mantienes relaciones sexuales con tu perro, y te preguntan: “¿Y no te pegan?”. Comprendo la pregunta. Supongo que cuando alguien te dice que monta en monociclo, tú te lo imaginas con el set al completo: Pelo rojo y rizado, maquillaje, una sonrisa de oreja a oreja, narizota grande, ropa de payaso, zapatones y un cartel a la espalda que dice: “PÉGAME”.
Eso es falso. En realidad me he limitado a colgar una chapa en mi mochila que pone “Mi Porsche está en el garaje”. Así, las pocas veces que salgo de mi casa sin monociclo, siempre encuentro a aluien los suficientemente observador que me pregunta el porqué del cartel, a lo que uno contesta:
-”Verás, preciosa… Soy monociclista”.

Aquel día, el descamisado llegó empapado a casa
Sin embargo, un monociclista también tiene responsabilidades. Tiene la obligación moral de enseñar a todo aquel que lo pida. No está bien decirle a un grupo de italianos borrachos: “Sí, es muy fácil” y saltar directamente sobre el monociclo como si fuera lo más fácil del mundo, porque luego van ellos y se la pegan. Por eso a menudo, una duda asalta mi cabeza: Si cada monociclista enseña a montar bien a otros tres monociclistas, (cifra nada exagrada), ¿por qué somos tan pocos?. Supongo que es que tenemos la esperanza de vida más corta.