Más insomnio (II)
Monday, January 11th, 2010Creo que he descubierto la clave de mi insomnio.
La clave de mi insomnio es mi propio insomnio. Puede parecer una parida (y lo es), pero tiene una explicación: desde pequeños, el primer truco que nos enseñan para dormir es el de contar ovejas. Hay diferentes versiones: imaginarse ovejas en fila, imaginárselas apareándose (esto presenta un problema, ya que hay que fijarse muy bien: si el ovejo ha eyaculado en el interior de la oveja, podríamos contarlas como tres ovejas en lugar de dos), o la que a mi me tocó: imaginárselas saltando una valla.
Reflexionando profundamente sobre ello, he descubierto por qué yo llegaba hasta la oveja número 400 sin haberme dormido. Para empezar, imaginar ovejas no es especialmente sencillo. Hay que tener en cuenta elementos como la raza, el pelaje (color, si está esquilada…), la edad de la oveja, las posibles señales de heridas mal cicatrizadas… Eso sin contar con la marca o empega del ganadero, por supuesto. Sin embargo ahora, gracias a Farmville, el estereotipo de oveja ideal de la mayoría de internautas es el mismo:
Pero claro, eso es ahora, ya que en mis tiempos (los noventa) la imaginación aún no estaba totalmente devaluada: cuando éramos pequeños, un amigo sacaba su cuaderno de papel reciclado y me contaba que era probable que parte de su cuaderno tuviera fragmentos de revistas de ’señoritas desnudas’. Éramos felices, porque eso era imaginación. Uno intentaba currarse la escenita de las ovejas saltando la puñetera valla, porque ver a millones de ovejas, todas iguales, nos hacía pensar en ovejas clónicas como Dolly, y eso daba miedito. Es más: si la película El Sexto Día se hubiese estrenado en 1995 en lugar del año 2000, tened por seguro que la habría mencionado en el post: lo que haga falta para meter a Schwarzenegger en mi blog, oye.
Y aún a pesar de todas esas complicaciones, quedaba lo más dificultoso: la valla. Porque mis padres me dijeron que las ovejas tenían que saltar una valla, pero nunca se les ocurrió describirme la valla. Y entendedme: es sólo una valla, pero ahí reside su importancia; quiero decir: seguramente llegues a contar varios millones de ovejas antes de dormirte, así que no importa demasiado que se te cuele alguna que otra oveja negra. Pero la valla no. Puede que te pases ocho horas visualizando la misma valla, así que por el bien propio, uno espera encarecidamente que la valla sea la valla perfecta. Es igual que el matrimonio respecto a las relaciones: a la hora de pasar un buen rato, da prácticamente lo mismo hacerlo con Claudia Schiffer que con la Duquesa de Alba, ya que sólo lo vas a hacer una vez, y después de eso lo único que recordarás será la resaca del día siguiente. Pero cuando te casas, eres consciente de que día tras día te vas a despertar viendo a la misma persona una y otra vez… Y las restantes 18250 noches de tu vida las vas a pasar con ella. Por eso he decidido no casarme con nadie que no esté por lo menos tan buena como Adriana Lima.
Pero a lo que iba: la valla. Ni siquiera sabemos si puede ser una valla electrificada, unos setos, un muro bajo de ladrillos o una alambrada con pinchos que separa a las ovejas ilegales de emprender una nueva vida al otro lado de la frontera. De hecho, no tenemos ni idea de cuánto puede llegar a saltar una oveja, así que nos imaginamos que la valla tiene que ser suficientemente alta como para que le suponga un desafío, pero no tan alta como para que eso parezca la “Pequeña Muralla China” de Humor Amarillo:
Y para acabar, mentes quisquillosas como la mía tendían a intentar que las ovejas no saltaran siempre igual. Ya que eran creaciones mías, me gustaba que cada una de ellas tuviese su propio estilo, su propia personalidad… Un toque inconfundible para cada oveja.
Como es lógico, el problema se acentúa en un niño como yo, a pesar de que por aquel entonces todavía no era conocedor de mi afición por la zoofilia.
Y ese es, básicamente, mi problema con el insomnio.

