Hoy voy a desnudarme un poco. Voy a contaros un pequeño relato en forma de monólogo que marcó una nueva era para mi; mi primer monólogo, con el que dejé de imitar a célebres personajes como a Ángel Martín, a Goyo Jiménez o al Frutero de 7 Vidas para empezar un nuevo camino: imitarme a mi mismo (eso que todos hacemos cuando nos quedamos a solas durante un espejo, pero en público). Este monólogo lo horneé hace dos veranos, pero no he llegado a contárselo a mucha gente. En primer lugar, porque es algo muy íntimo, y en segundo, porque está pensado para durar cerca de 20 minutos… O lo que es lo mismo, 15 minutos más que la mayoría de todas mis citas con mujeres.
Es un monólogo pensado para ser interpretado y no leído, así que lo modificaré un poco con tal de hacer más fácil su lectura.
¿Y por qué un monólogo?
La verdad, amigos, es que siempre he querido ser cómico. Y es triste, porque sólo hay dos maneras de hacer reír a la gente. La primera es ser un capullo. La segunda, dar pena. Por eso los capullos y los que dan pena se llevan tan bien. La idea de ser un capullo es más atractiva, pero al final acaba minando tu reputación, así que todo cómico acaba haciendo el primo: Mr. Bean, Chiquito de la Calzada… Todos hacen el primo. Yo no pienso ser mejor que ellos.
Mi monólogo, por eso, es de lo que todos los monólogos son en esencia: sexo. Es el tema más recurrente porque, seamos sinceros: a nadie le interesa tanto la política de fichajes del Real Madrid como las novedades de los laboratorios Durex. En serio, he echo la prueba. Un día estaba aburrido con un amigo, así que decidimos jugar a este juego absurdo de los psiquiatras. El psiquiatra dice una palabra y el paciente la primera que se le venga a la cabeza. Fue algo así:
Amigo: “Pan.”
Yo: “Sexo, sexo, sexo…”
Es inevitable. Pedirle a un hombre que deje de pensar en sexo es como pedirle… Que deje de pensar. Tiene el mismo efecto que pedirle a una lesbiana que deje de ser lesbiana. No funciona (lo juro). Todavía recuerdo a mi primera lesbiana. Eran las fiestas del pueblo, y la ví. Era una preciosidad que cumplía estéticamente con todos los requisitos que una mujer tenía que cumplir para gustarme: los requisitos por aquel entonces eran dos: ser mujer y, opcionalmente, estar borracha. Era, por lo tanto, mi mujer perfecta. Le pregunté a mi compa si él también creía que aquella mujer era la mujer perfecta, y me dijo:
Compa: “Ni hablar, tío, nunca podrás tirártela.”
No es que mi amigo supiera de mis problemas de erección, sino que sabía que ella era lesbiana. Yo le miré a él, la miré a ella, pensé en mis recurrentes disfunciones, y me lancé. “Si total…”. Entre otras cosas, me lancé porque por aquel momento creía que el lesbianismo era una burda mentira: una leyenda urbana, una cuestión de Fe, como la religión, el Big Bang o las Matemáticas. Un bulo que algún gurú del porno había inventado para hacer más creíbles las películas.
Seamos sinceros: el porno sin argumento es un truño. No es lo mismo ver a dos mujeres enrollarse en el sofá que ver a dos mujeres enrollarse en el sofá porque se quieren. Bueno, ahora que lo pienso, sí que es lo mismo. Sin embargo un buen argumento siempre es un plus. Si quisiera ver películas sin argumento me vería alguna como “Beethoven”, la del perro éste pianista…
Finalmente decidí que mi compa mentía: era pura envidia cochina… Un ardid para evitar que yo me ligara a una moza de buen ver. Al fin y al cabo, no éramos tan amigos. Nuestra relación se basaba fundamentalmente en el ensalzamiento de la amistad que el alcohol provoca. De esto que un tío con el que has hablado dos veces se te cuelga del hombro y te dice completamente borracho:
“Tío, eres la polla”.
Eso me preocupa de veras. En primer lugar porque está tan borracho que podría vomitarte encima en cualquier instante. En segundo, porque te ha dicho literalmente que eres la polla. No sé el resto de varones españoles, pero yo siempre he tenido cierta predisposición a detestar las pollas, no sé por qué… Llámalo X (o XXX).
Eran esas cosas las que se me pasaban por la cabeza mientras me acercaba a la moza con mis manos sudorosas y mi voz temblante. Fueron los diez metros más difíciles de mi vida. Cuando llegué allí, mi impresionante cerebro se desdobló en dos, y en lugar de reaccionar, se quedó manteniendo una conversación:
Lesbiana: -Hola.
Yo: -…
(Cerebro 1): -Vamos, tío, di algo.
(Cerebro 2): -¿¿El qué??
(Cerebro 1): -Yo qué sé: dile que eres el repartidor de pizza.
(Cerebro 2): – ¿¿¿WTF???
(Cerebro 1): -Bueno, en el porno siempre funciona. Da igual, tú di lo que sea, reacciona, pero di algo.
(Cerebro 2): -¿Algo?
(Cerebro 1): -Sí, algo.
Yo: -Esto… A.. A-Algo.
La ventaja de ser tan pringado como yo es que puede haber ligones maestros, con frases magistrales sacadas de internet, del estilo de “Estás tan buena que me comía tu regla a cucharadas” con las que se llevan a cualquier tía. Pero todavía hoy estoy seguro de ser el único tío que ha llegado a entrarle a una mujer con la frase “Algo“. Como tengo una mente ágil, conseguí enmendar un poco mi error:
Lesbiana: -¿Algo, qué?
Yo: -¿Algo? No, algo no: Al Gore, ya sabes, el del calentamiento global… ¿No tienes calor? porque puedes quitarte la ropa si quieres.
Lesbiana: -Tío, lo siento, pero tienes pene: no me molas.
Impresionante. Sabía que yo tengo pene. ¿Tanto paquete marco?
Yo: -Sí, bueno… Pero no te preocupes, no la tengo tan grande… Es más, si no la tocas, casi ni te das cuenta de que está ahí.
En fin. Al margen de este episodio de las lesbianas, he de decir que las tías no se me dan del todo mal. Es decir: ligo menos que algunas personas, y más que algunos… Sacerdotes.
El problema es que soy un hombre acomplejado. Por eso no se me dan bien las mujeres. Veréis: soy deforme. Lo sé, es una desilusión para mis lectoras, pero es cierto. Es una deformidad muy extraña que consiste en que en mis pies… Bueno. En el pie derecho… Mi pulgar está al lado izquierdo, mientras que en el pie izquierdo… ¡Mi pulgar está a la derecha!
Por eso intento ser monociclista en vez de actor (mi verdadero sueño). Por eso y porque tengo miedo a ser actor. No me malinterpretéis: tengo una amplia experiencia en ese mundillo: llevo desde los doce años fingiendo orgasmos femeninos para no sentirme solo, y la experiencia es un grado… Pero temo que si algún día me hago famoso, alguien haga una peli sobre mi vida.
Porque yo soy virgen. No pasa nada, soy relativamente joven, pero tengo miedo de que llegado el momento alguien haga una peli sobre mi vida. Por una parte estoy tranquilo: ‘Virgen a los 40′ ya está cogido… Pero podrían hacer secuelas de la peli con mi persona. ‘Virgen a los 50′ no sería la mía… Ni Virgen a los 60… ni a los 70… Seguramente sea ‘Virgen a los 80′… o, con más probabilidad, la mejor de todas: ‘Muerto Virgen’.
Y el caso es que en verdad no se me dan tan mal las tías… Sé cosas elementales, como que nunca puedes llamar gorda a una mujer. Da igual que lo sea. No lo hagas. Un día en la tele hablaban de anorexia, y una amiga me llamó porque creía que ella era anoréxica.
Yo: -”Y eso?
Ella: “Porque cada vez que me miro al espejo, me veo gorda”
En fin… No es que te veas gorda, cielo. ES QUE PESAS CIENTO NOVENTA KILOS (esto sólo lo pensé).
Ella: “Oye, Yosterkote… ¿Tú crees que debería adelgazar?
Cuando una mujer pregunta algo a lo que no tienes respuesta, lo mejor es hacerse el loco y ganar unos segundos.
Yo: “…”
Ella: “¿Yosterkote?”
Yo: “¿Qué?”
Ella: “Que si crees que debería adelgazar”
…
…
…
…
…
…
…
…
Yo: “Pero qué cosas tienes, mujer…”
Estuve rápido. En esos casos, lo mejor es contar con un pequeño repertorio de frases prefabricadas que nos pueden sacar de cualquier apuro. Frases del estilo: “Yo sólo tengo ojos para ti, cari”. Si le miras el culo a otra mujer y ella se da cuenta, basta un “Lo importante está en el interior” para salvar los muebles. Los tíos como yo, que no podemos evitar girar la cabeza descaradamente cada vez que pasan unos tacones, tenemos una batería de frases cursis preparadas para estas ocasiones: recuerda. Si eres mujer y tu novio te dice algo como “Tú eres la mujer de mi vida”, “Me encanta estar a tu lado” o “Eres todo lo que quiero”… Le estaba mirando el culo a otra.
Aún así, no os penséis que siempre he sido un pringadillo. Una vez salí con una tía impresionante. Lo juro. Era preciosa. Lo más bonito que he visto en la vida. Alta, morena, cara estilizada, labios perfectos, ojos verdes… La gente dice que lo que se siente al hacer el amor es parecido a mear en una montaña rusa… Estoy seguro de que hacer el amor con ella habría sido como hacer el amor… En una montaña rusa. Pero la tuve que dejar, porque… Tenía las uñas muy largas. Llamadme maniático, pero ni el mejor de los polvos compensa el tener cerca ese ingente cúmulo de bacterias. Estaba harto de tener que comprarle palomitas cada vez que íbamos al cine para que no tocara las mías.
Y sí, soy malo con las mujeres. Lo admito. Mi relación más larga fue la que tuve con una rumana hace unos meses. La relación terminó bruscamente cuando se me jodió internet… Ya sabía yo que ver tanto porno en un sistema operativo Windows acabaría pasándome factura.
Desde entonces me desengañé. Descubrí que, aunque es difícil de encontrar, el amor verdadero sí que existe… Aunque cueste 30 euros/noche y sólo trabaje viernes, sábados y festivos.
Nota: Un afectuoso saludo a Pablo, que me animó a contar esta historia… Y me pidió que le citara en mi blog.