Del dolor de cortarse el pelo
Wednesday, May 12th, 2010A pocos seres que conozca les gusta ir a la peluquería. Normalmente yo me voy dejando greñas. Me gusta que las greñas crezcan a su gusto, es más natural. Pero algún día me rindo y tengo que cortármelas. Algún día me miro al espejo y me digo: ‘Yosterkote, tienes que cortarte esas greñas’. Y os puedo asegurar que dos o tres meses después, es cuando voy a cortarme el pelo.
Y es duro. Porque te presentas en la peluquería y se masca la tragedia. Es un momento que no le gusta a nadie: a ti no te gusta, porque sabes que el resultado no será de tu agrado. Al peluquero tampoco le gusta, porque él es como el pobre camarero de un saloon en una peli del Oeste. Yo llego, entro con aspecto desafiante, y en lugar de meterme en una pelea y romper unas jarras de cristal y alguna que otra mesa, les dejo el suelo lleno de pelos. Es lo mismo, porque al camarero luego le tocará limpiar la escena de la barbarie.
Te hacen sentarte y te lavan el pelo. Da igual que te duches diez veces al día y tu pelo esté más limpio que las arcas del Estado, que te lavan el pelo igual. Y entonces te das cuenta del extraño poder que tienen estos peluqueros. Te lavarán el pelo contra tu voluntad, pero… ¿Y la temperatura del agua? Es siempre perfecta. Han dado con la fórmula ideal para que ni queme ni esté fría. Eso, al contrario de lo que pueda parecer, no es buena señal. Porque dime. Tú, ciudadano de a pie, ¿cuántas veces en tu vida has dado a la primera con la temperatura óptima en la ducha? Seguramente dos. En cambio los peluqueros lo hacen siempre. Eso no es profesionalidad: eso es que han vendido su alma al Diablo.
Posteriormente te sientan y te preguntan que cómo quieres el pelo. Y la verdad es que entiendo que nunca me lo dejen bien, porque nunca sé cómo lo quiero:
-’Sí, pues yo… Lo quiero más corto’.
Y el peluquero tiene que pensar que qué bien, que por fin un cliente que pide algo nuevo.
-’Sí, lo quiero corto, pero no muy corto: normal’.
¿Normal? ¿Normal? ¿Vienes a mi peluquería montado en monociclo y tengo que saber qué es normal para ti?
Por eso salen mal las cosas. Porque el peluquero interpreta que lo quieres ‘más corto’, pero no tiene ni idea. Y tú te sientas con los testículos de pajarita porque tienes la ligera impresión de que el peluquero no ha captado del todo la esencia de cómo quieres que te quede el pelo.
Tomas aire y echas un último vistazo al espejo. Puede que sea la última vez que tengas el pelo tan largo antes de que la alopecia androgenética prematura deje una huella imborrable sobre tu sesera. Puede ser un momento único, así que haces una foto mental. Y la foto mental siempre es mala. Porque si normalmente no eres fotogénico, salir en una foto (mental o no) con un gigantesco babero azul y un tío por detrás que sostiene unas tijeras no ayuda.
Él mete el primer tijeretazo por la parte derecha, y te sobresaltas: ‘¿Eso que acaba de caer es mi pelo?’. El peluquero te pregunta si así está suficientemente corto.
-Bueno, córtelo un poco más, a poder ser.
-¿Así?
-Otro poco.
-¿Así?
-Ahora que lo dice, estaba mejor más largo.
Y se suceden los minutos de angustia. Te quedas rígido por fuera mientras tiemblas por dentro. A veces desvías la mirada del espejo porque sientes miedo. No quieres ver cómo está quedando. Cualquier cosa que pienses sirve para desviar tu atención de lo que te están haciendo. Como cuando tratas de retener un orgasmo, vamos. Empiezas a repasar mentalmente el Plan General de Contabilidad que estudiaste en Economía. Increíble: el sexo y la peluquería sí que son horas aprovechadas de estudio, y no el Starbucks.
Porque cuando miras al espejo es peor. Ver tu imagen reflejada mientras te cortan el pelo es el súmmum de la tortura, porque eres capaz de presenciar la masacre en primera y en tercera persona. Eso es un espectáculo y no el cine en 3D, narices.
De vez en cuando el peluquero te mira a los ojos buscando tu aprobación, y por ser educado esbozas una sonrisa falsa. Pero falsa, falsa. Como si es tu cumpleaños y alguien te regala un disco de Miley Cyrus. Pones cara de que te encanta para no quedar mal, y dices un:
-’¡Jo, no tenías que haberte molestado!’
Lo que esa persona no sabe es que en esta ocasión es cierto, que para regalarme eso, de verdad, no me regalas nada. Te ahorras el esfuerzo de comprarlo y a mí el esfuerzo de envenenarte.
Pero lo que digo: cortarse el pelo. Sueltas esa sonrisa falsa de aprobación. Si mentir es un pecado, sólo por eso deberías arder en el Infierno. Y el peluquero lo sabe. Y de verdad, quiero creer que no lo hacen de mala fe. Que de verdad les importa, y que por dentro les remuerde la conciencia por dejarte la cabeza tullida. Cuando el peluquero ha terminado su faena (en el sentido más taurino de la palabra), te trata de peinar disimulando los trasquilones. Eso sí que es arte: cómo ocultar trasquilones por los que podrían perfectamente asomarse Trancas y Barrancas en tamaño original. Porque normalmente los trasquilones son anecdóticos, pero en un par de ocasiones parecía que me había cortado el pelo un invidente enfermo de párkinson.
Y lo peor no es que te destrocen el pelo. Lo peor es que cuando termina, tienes que pagar. Indignado, estás a punto de decir: ‘¿Sabes qué? Tendré que pagarte, pero los pelos que me has cortado, me los llevo.’
Tienes la esperanza de que si los vendes por Ebay, sacarás dinero para comprarte una gorra.


