Blog de Yosterkote

|

El blog para la gente peculiar

Posts Tagged ‘monólogo’

Abrefácil

Sunday, June 20th, 2010

Los que me leen saben (o pueden intuir) que odio el mundo. Lo odio fundamentalmente porque está lleno de mentiras: mentiras como que los profesores tienen alma, los ‘te quiero’ o Lost.

Pero de todas las mentiras más gordas, la peor, la que sin duda hace que me hierva la sangre, es la de los llamados ‘abrefácil’.

Por supuesto, no digo nada nuevo, ya que todo el mundo sabe que si pone ‘abrefácil’ será imposible de abrir. Como la leche: puedo admitir que cada persona tiene unas cualidades especiales, y que abrir tetra briks no es mi fuerte, pero lo del abrefácil de la leche es un timo como una catedral. ¿Conocéis un país llamado los EE.UU.? Uno de los países más ricos a la par que paranoicos del planeta. Imaginaos cómo tiene que ser la cámara en la que guardan el oro. Pues bien: antes abro yo esa cámara a golpe de horquilla que un maldito tetra brik con mis propias manos.

Y aún así la palabra ‘abrefácil’ te motiva lo suficiente como para que quieras seguir intentando abrirlo. Sabes que es imposible, haces fuerza, sudas, te dejas los dedos y los dientes, y cuando estás a punto de desistir, lees la palabra y piensas:

-¡Vamos, coño, que pone ‘abrefácil’!

Ante este hecho, me veo obligado a postular varias posibles explicaciones a dicho fenómeno:

1- El fabricante de tetra briks nos toma por tontos. Pero por tontos, tontos, tontos.

2-El fabricante es Hulk. Para Hulk, evidentemente, todo es abrefácil.

3-El fabricante no ha abierto un cartón de leche, o de tomate frito, o de nada, en su vida.

En cualquier caso, ya sea por maldad o por desconocimiento, el fabricante, digamos, que no conecta con nosotros. Y es triste, pero es un hecho. Por su culpa la sociedad ahora repudia los ‘abrefáciles’. No era igual hace unos 2000 años.

Recordemos a un tipo: el greñas. Vestía una toga, dicen, y sandalias de El Rastro. Rollo hippie, y según cuentan perdió su mechero en un lugar lejano e inaccesible. Por eso se dice’ está donde Cristo perdió el mechero’, porque es un lugar lejano e inaccesible. Como ya habéis podido leer, hablo de Cristo, Jesucristo, Jesús, Superestar para la teacher, y Chechu para los colegas.

No viene a cuento, pero lo digo: si Jesucristo hubiera vivido en nuestra época, escucharía Iron Maiden.

Sigo: Jesucristo era hijo de María. La virgen. La Virgen María, digo. Y tenía que ser una faena para el pobre José. Mantener una relación seria durante un largo periodo de tiempo sin echar una cana al aire tiene mérito, así que desde aquí un aplauso para el tío.

Además, cuando tu chica te dice que quiere tener un hijo, uno normalmente piensa que ha llegado su momento. Pero va María y dice que no, que José no va a catarla, que se va a hacer inseminar divinamente por un ángel para seguir siendo virgen. Eso acarrearía para José, nuestro amigo, una más que probable depresión. Entendedlo: si mi mujer me dice que quiere tener un hijo pero bajo ningún concepto hacerme el amor, sinceramente, me entraría complejo.

Pero lo que tiene mérito de verdad no es eso, es el hecho de que José nunca le pidió a La Virgen María que se cambiara el nombre. Porque seamos sinceros: ‘La Virgen’ es un nombre de pila bastante malo. José se iría a jugar a los billares con La Virgen, para presentársela a sus amigos:

-¿Qué pasa, chavales? Esta es mi chica: ‘La Virgen’.

Momento de despolle generalizado por parte de los colegas de billar de José.

Momento para la reflexión: si José aguantó la virginidad con ese desparpajo, ese saber estar, esas buenas maneras y esa sangre fría; es porque contaba con una motivación superior que le empujaba, le daba fuerzas para continuar. No, no era amor: eran ganas de echar un kiki. ¿Por qué pensaría que podría echar un kiki, aunque María era, como ahora sabemos, altamente inaccesible?

Tengo la respuesta. Como dije antes, el verdadero significado de la palabra se descifró únicamente en los últimos tiempos. Pero hasta entonces millones de personas sufrieron tremendas decepciones por su culpa.

La cuestión es que muy probablemente La Virgen María llevaba un tatuaje.

En ese tatuaje se podía leer ‘Abrefácil’.

Los daltónicos somos personas

Thursday, June 17th, 2010

Tengo un defecto. Sólo uno: soy daltónico.

Es un fallo, porque el daltonismo es un problema con el que conviven muchas personas sin que la sociedad suela ser consciente de ello. Se puede decir que somos otro colectivo menospreciado, igual que el de los zurdos, el de los homosexuales y el de los pokeros.

A menudo se presenta la situación: cualquier actividad que requiera diferenciar entre colores. Por ejemplo, casi todos los juegos de tuenti del estilo tetris. Tú explicas a tu compañera (sí, casi siemre compañera) que eres daltónico. La moza flipa. Dejas de ser el bueno de Yosterkote para convertirte en el raro de Yoster: el daltónico. Sólo con su mirada podría matarte, colocarte en un frasco de formol y exponerte ante el mundo. Pero no lo hace: la curiosidad es más fuerte, y prefiere indagar sobre tu excepcional rareza, ya que siempre tiene la opción de llamar a Cuarto Milenio después.

Te preguntan cosas como:

-’¿Y lo saben ya tus padres?’

No, lo he estado ocultando a la sociedad, así que por favor no hagas un drama de ello.

O lo que es peor: te ponen a prueba. ¿Cuál es esa manía de poner a prueba a las personas? Si una tía me dice que es virgen me lo creo, no le exijo que me enseñe el himen. Y ni siquiera son pruebas con sentido. Te preguntan:

-’¿De qué color es eso?’

Señalando la copa de un árbol. La gente no entiende que hay distintos grados de daltonismo, y que por lo general la mayoría de daltónicos sí distinguen el verde de la copa de un árbol. Para los no-daltónicos, el daltonismo es una extraña enfermedad que, o te hace insensible a todo, convirtiendo tu vida en una escala de grises, o todo lo contrario: invirtiendo los colores que percibes, de manera que vemos el cielo amarillo, los autobuses violetas y las copas de los árboles de azul eléctrico. A todos los que creen eso, lo digo:

No. Ser daltónico no es estar de LSD hasta las cejas.

Y aunque así fuera, cariño: aunque estuviera dopado con lo mismo que tú te metes, aunque fuera Stevie Wonder sin gafas… Sé que las puñeteras hojas de un castaño son verdes. Tú lo llamarás bagaje extraordinario de conocimientos científicos. Yo lo llamo cultura general.

Así que si alguna vez ves a un daltónico, contén tus emociones. Guarda tu Pokéball, porque somos más de los que crees, y sí, tenemos sentimientos. Te lo suplico, en nombre de toda la comunidad: cuando te enteres de nuestro daltonismo no grites, no pongas cara de asco. No alucines como si acabaras de ver un platillo volante o un político inteligente…

Somos personas.

Buffet libre

Thursday, June 3rd, 2010

Resulta curioso cómo funciona el mundo del buffet libre. Un buffet libre es ese sitio donde pagas al entrar y acto seguido rellenas tu estómago de todo lo que pillas para recuperar la inversión.

Resulta curioso, digo, porque aunque uno no lo note en un principio, es el único servicio en el que cliente y oferente combaten de tal manera. Y no creo que el buffet libre fuera así en un principio.

Supongo que es una tradición que se remonta a los cavernícolas y eso. En una tribu a un buen Homo Erectus se le ocurrió colocar todas sus bayas en una misma cueva y dejaba entrar al resto de homínidos a cambio de un precio reducido. Dos euros, por ejemplo. Los compañeros de su tribu pagarían y comerían todo lo que quisieran. Como el precio era barato, no se excedían. Interpretaban la acción del dueño como un acto de buena fe, así que comían lo que creían justo.

Y muy probablemente algún día llegó un Homo Erectus de otra tribu. Dio con el buffet, y consideró que comer lo qu quisiera por dos euros era un chollo. Se puso las botas porque había estado vagando sin rumbo durante semanas (no existía la rueda). Pensadlo: acabáis reventados de correr y os surge la ocasión de comer sin límites. No podéis culpar al pobre homínido.

Al día siguiente el dueño del buffet hace un registro y ve que no le salen las cuentas: esos cavernícolas están comiendo demasiado, así que no le queda otra que subir el precio para seguir recogiendo bayas.

Y pasa lo que tiene que pasar: el poblado se pone furioso, se siente estafado y como protesta en lugar de comer lo justo, comen un poco más.

Así hasta nuestros días. Ahora entras en el establecimiento y miras a tu alrededor. Si ves a un camarero o algo le miras con una sonrisa en la cara, mientras piensas vilmente: ‘Hoy no vais a hacer negocio conmigo, tíos, os lo aseguro. No os voy a salir rentable. Puede que el resto de pardillos coman porque sí, pero yo cuando entro en un buffet, lo hago mentalizado’.

Y tan mentalizado. Es como las cenas de Navidad: si sabes que próximamente va a haber una cena de esas o vas a ir a un buffet, te pasas las veinticuatro horas previas comiendo menos de la cuenta. El día en el que ceno en un buffet me limito a ingerir líquidos, para poder mearlos con rapidez.

¿Y lo bonito que es cuando te picas con otro comensal? Estás paseando por ahí con tu plato en la mano, echando un vistazo a todas las fuentes. Te sientes amo y señor del lugar, eres como Clint Eastwood en una peli de vaqueros. Tu mirada se posa en algo. No sabes lo que es, pero tiene buena pinta. Y lo que es más importante: parece caro. Lo típico que nunca pedirías en un restaurante de verdad. Cuando te dispones a dirigirte a esa fuente ves a tu némesis. Otro llanero solitario como tú. Tras un breve instante en el que os medís con la mirada, ambos os abalanzáis ávido sobre la fuente, como si fuera la última Playboy en un planeta lleno de hombres.

Da igual quien llegue antes. El primero se echa en el plato, evidentemente, mucho más de lo que cualquier persona cabal sería capaz de comer. El siguiente se echa un poco más. Así que el primero, para no quedar mal, se echa de lo que haya en la siguiente fuente. Y lo mismo hace el otro. AL final de esa absurda disputa yo me pregunto si no sería más fácil llevarse la fuente a la mesa, o lo que sería mejor: arrastrar tu silla hasta las fuentes y comer ahí.

Para estos seres sólo hay una regla: las ensaladas, ni tocarlas. Y diréis: ‘Si son muy sanas.’ ¡Por eso. Porque son muy sanas. Cada vez que entras en un buffet eres consciente de que esa comida puede ser la última. Sabes que los ventrículos de tu corazón pedirían a gritos un bypass si no hubiera un trozo de pollo que las bloquea. Por eso comer ensalada es inútil. Es como si al de Saw le diera por limpiar una baldosa del escenario del crimen con un bastoncillo de algodón. Al resto del edificio que le den.