Las relaciones serias molan: te permiten aparentar que tienes sexo con regularidad, aunque esa regularidad sea cero. Sin embargo, hay dos circunstancias que hacen que mantener una relación a veces sea desagradable: las rupturas y las órdenes de alejamiento.
Por eso vamos a hablar de las rupturas. No soy el más apropiado para dar consejos sobre estos, porque mis rupturas suelen ser sin anestesia, soy así de bestia. Sin embargo lo intento. Ya que hablamos en términos médicos, continuaremos con el símil: imaginemos la relación es un tumor. Lo único que tienes que hacer es anestesiar y cortar. Cuando soy yo el que opera, utilizo anestesia local, y tardo tanto en extirpar el tumor que para cuando corto la anestesia ha dejado de hacer efecto.
Ese es uno de los motivos por el que no soy el mejor partido del mundo, y una de las razones por las que no sería un buen médico. Pero al menos trato de poner la anestesia. Aunque sea una anestesia falsa: decir que soy gay, que estoy en un momento muy complicado de mi vida o que una ex está embarazada de mí y vamos a volver a intentarlo para que el niño tenga padre son algunos de los ejemplos de anestésico que utilizo. Y sí, admito que miento. Sólo una de esas excusas ha sido realmente usada por mí, así que abro una quiniela para que tratéis de adivinar cuál fue.
Pero a lo que vamos: la intención es lo que cuenta, y untar un poco de vaselina antes de confesar que no quieres saber nada más de esa persona siempre es un símbolo de que la otra persona te importa. La imagen que se recibe es que sí, está cortando conmigo, no quiere saber nada de mí y probablemente tenga escalofríos cuando piensa en tocarme, pero al menos se curra una excusa, eso es que le importo.
Porque sólo hay una cosa peor que no poner excusa: no, espera. No hay nada peor. Es como vender algo. Ropa, por ejemplo. Tú vendes una camisa y esperas que al consumidor le guste, pero eres consciente de que puede no estar satisfecho y que quiera devolverla. Cuando vuelve, es lógico que tú, vendedor, preguntes por el motivo de la devolución. Te esperas distintas respuestas: que el tejido de la camisa le crea sarpullidos cuando le toca la piel, que la había comprado para un tercero y resulta que no le vale, que la ha visto en negro y le mola más, o incluso que la había comprado para ponérsela para dormir pero resulta que prefiere comprarse algo que pueda llevar en una fiesta con su familia. Y todos estos ejemplos han sido cuidadosamente extrapolados al mundo de las camisas desde la más cruda realidad para que se vea cierto paralelismo. Sí, las camisas somos nosotros.
Todas esas explicaciones duelen, pero duele más cuando el consumidor llega a la tienda con su camisa en la mano, y te dice sin más que quiere devolverla. Ya está. Eso te descoloca, porque no sabes si abrigabas demasiado, si resultabas demasiado áspera o si tienes un diseño demasiado feo. Ni siquiera sabes si volverá a tu tienda. Y ahora con la crisis, ni siquiera sabes si volverás a vender una camisa.
Porque la cosa está muy mal.
Cuando dejéis una camisa, dejadla bien. Porque dentro del bolsillito de cada camisa, hay algo que late: dos pequeños botoncitos de repuesto por si se le cae alguno.
Hecha la reflexión, recuerdo las tres posibles excusas que he puesto como ejemplo:
- 1-Decir que eres gay
- 2-Alegar que vives un momento complicado
- 3-Decir que tu ex está embarazada y habéis decidido tener el niño
Sólo una ha sido utilizada por mí, se admiten apuestas.