Blog de Yosterkote

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El blog para la gente peculiar

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Del final de LOST (y un pequeño spoiler)

Tuesday, May 25th, 2010

Decepción. Todo se traduce en decepción. No por la cantidad de misterios que quedaron sin ser resueltos, sino porque tras seis malditos años no hemos visto ningún desnudo de Evangeline Lilly. ¿Pero qué es esto?

Y otra decepción: mi personaje favorito es Ben. Porque sí. Sus ojos brillan en la oscuridad, fue en las primeras temporadas de la serie la encarnación de todos los misterios de la isla y destaca por su inteligencia y su capacidad de manipular al personal. Hicieras lo que hicieras, parecía que no podías evitar hacer exactamente lo que Ben quería. Por eso lo amaba.

Y en esta sexta temporada, todo su protagonismo ha sido este:

Sí. Ben enseñando una p**a botella de plástico. Una m**dita botella sucia y vacía. Ridículo absoluto.

Y como futurible publicista, no he dejado pasar un pequeño detalle: la pedazo campaña que habría podido hacerse con la escena de la botellita. Imaginemos que, por un momento, la botella no fuera de la ficticia compañía ‘Oceanic’, sino de CocaCola. Adiós quedaron todos esos eslóganes que marcaron época: ‘La chispa de la vida’, ‘Siempre CocaCola’… Ahora sería lo que bebe Hurley en el último episodio de LOST. Una campaña pateatraseros en toda regla.

Pones a uno de esos personajes de supuesta inmortalidad como Richard Alpert, el Humo Negro o al mismo Jacob y tienes en CocaCola un digno sucesor de la Power Balance.

Y no os preocupéis. Porque estoy preparando para mañana otro post sobre este mismo tema: pero con un pequeño vídeo.

Boicoteemos ‘El Club del Chiste’

Wednesday, March 17th, 2010

Mi blog es famoso en el mundo entero por boicotear cosas en las que no creo: Farmville, Windows, los matrimonios heterosexuales (sí, sí, los heterosexuales) y ahora ‘El Club del Chiste’.

Hay dos tipos de televisión: la telebasura y el resto. Y aunque la linea que las separa es muy subjetiva, no tengo ningún problema en decir públicamente que en mi opinión Antena 3 es lo peor en este aspecto: programas de cotilleo a mansalva, emisiones de películas mediocres en un espacio llamado “El Peliculón” (sí, de Peliculón no tiene un ápice: eso es ego argentino y lo demás son tonterías), series llenas de jovenzuelos guapetes y salidos que dan auténticas lecciones de folleteo en las aulas, en internados oscuros y en comisarías de la Policía… Por no hablar de los noticiarios. Son tan amarillistas que para disimularlo tienen que emitir la hora previa dos episodios (harto vistos por la sociedad) de Los Simpsons.

Pero entre todas estas heces catódicas hay un programa diferente: ‘El Club del Chiste’. Un grupito de cómicos… Sí, contando chistes. Este programa debería ser objeto de devoción de personas como yo, pero nada más lejos de la verdad: lo odio.

Y no odio los chistes. Odio el programa. A continuación procederé a demonizar el programa como Dios manda: adoro los chistes. En el cuaderno de notas del IPod tengo una extensa recopilación de chistes que contar durante un periodo de necesidad, y contar chistes a desconocidos es una parte muy importante de mi vida social.

Y un día llega esta amiga, la que probablemente más estupideces me ha llegado a aguantar, y me dice que la noche anterior en El Club del Chiste la mitad de los chistes que contaron ya se los había contado yo. Y sé que la otra mitad ya me los conocía, pero nunca llegué a contarlos porque eran demasiado malos. Y lo sé porque mi padre (o como yo lo llamo: Darth Vader) interrumpió mis partidas del Call of Duty para contármelos.

Por culpa de este maldito programa, la próxima vez que me acerque a una mujer y le cuente el chiste (siempre con el honorable fin de copular, por supuesto) que dice:

“¿Sabes por qué los atletas no tienen pelo en las pelotas? ¡Porque corren que se las pelan!”

Ella me dirá que ya lo conocía, que lo había oído en El Club del Chiste. Y eso, amigos, me dolerá. Porque ese chiste era de cosecha propia.

Lo que quiero decir es que me parece genial que se intente hacer reír a la gente. Pero hay distintas maneras de hacerlo. ‘El Club del Chiste’ no es como ‘El Club de la Comedia’, o ‘Nuevos cómicos’. En esos programas son los cómicos (o en su defecto los guionistas) los que elaboran un currado monólogo para presentarlo frente al público, y eso mola.

Pero emitir cientos de chistes populares por la televisión no es lo mismo. Porque hacer eso es como mecanizar la alfarería. Sí, hay más jarrones, pero has mandado a cientos de artesanos al paro. Por culpa de este programa, los que cuentan chistes están en peligro de extinción. Porque aprenderse un chiste no es difícil. Aprenderse cientos, sí. Y saberlos contar no sólo es difícil, sino que tiene arte.

Las personas como yo tenemos una colección de chistes que hemos ido confeccionando a lo largo de los años, o bien escuchándolos a terceros o bien buscándolos en internet, libros, etc. Y es una búsqueda complicada, porque en internet de cada diez chistes que te encuentras, dos son decentes, y uno de esos ya te lo sabías. Y hay un tercer método: la invención propia.

Esa, y no otra, es la magia de los chistes: cada vez que te encuentras a un contador de chistes estás descubriendo un tesoro. Alguien que te cuenta millones de chistes malos y que consigue hacerte reír de lo malos que son. Sí, son malos, pero tú te has reído. ¿No es eso a lo que aspira un chiste?

Los chistes no son una chica a la que puedas sodomizar en tu dormitorio. Son como bebés indefensos. Esto es así debido a que los chistes tienen un momento preciso: las ocho de la mañana, cuando un compañero te cuenta su último chiste porque le apetece verte sonreír para que empieces bien el día. Otras veces intenta alegrarte un trayecto de seis horas en autobús. Y en ocasiones consigue levantar él solo una fiesta que parecía muerta.

Seguro que habéis conocido a alguien así, y seguro que habéis vivido alguna de esas situaciones. Ahora imagínate la escena: unos compañeros y tú en un vuelo de siete horas hasta Montreal. Uno de vosotros se da cuenta de que va a ser tedioso y lo hace: cuenta un chiste. Y al momento de plantear la situación (un francés, un inglés y un español entran en un bar), vais cinco de vosotros y decís que ya os lo sabíais, que lo visteis en ‘El Club del Chiste’.

En definitiva, ‘El Club del Chiste’ es para los chistosos como un programa que revela trucos de magia para los ilusionistas: los mata.

Y no te preocupes por dejar de ver ‘El Club del Chiste’. Tarde o temprano te encontrarás con ese alguien dispuesto a contártelos en el momento adecuado, y no mientras cenas frente al televisor. Si no lo haces por disfrutarlos más, hazlo por los que los cuentan. Hazlo por mí. No engañemos a nadie: los de ‘El Club del Chiste’ están ahí para ganar dinero. Dinero o fama, esa es su motivación. Pero la única recompensa para mí y para el resto de frikis cuenta-chistes de estos lares es obtener a cambio una carcajada. Una sonrisa a veces es suficiente. Y la petición de ‘Yosterkote, cuéntanos un chiste es a lo máximo a lo que aspiramos. Esperamos que tú te lo pases bien, no dinero o fama vía TDT. Y ese, y no otro, es el fin último de un chiste.

Tened por seguro que si los chistes pudieran hablar, se quejarían de este programa que los desnuda impunemente ante el público en general.

Nota: ¿Más de 1000 palabras en este post? ¡Yay!

Lecciones de economía (II): el coste de oportunidad

Friday, March 12th, 2010

Reírse de la ignorancia de los demás está mal. Por eso a veces me gusta cagarla para que se rían de mí. De esa manera no me sentiré culpable cuando me descojone por un fallo ajeno.

Como un suceso reciente, en el que a un compañero le cagó una paloma (por el tamaño del susodicho guano uno pensaría que era un cóndor, pero lo creímos poco probable). Sí, es mi amigo, y sí, a nadie le hace gracia que le cague un pájaro… Pero yo en ese aspecto tenía experiencia. Cuando tenía trece años recibí tres bombardeos en poco más de un mes. Estaba en mi derecho de reírme, los pájaros me lo deben.

Pero lo que más gracia me hace es ver a la gente perder dinero en los concursos de televisión. El concursante lleva ganados x euros. Suponemos que ‘x’ es una cantidad respetable: 10.000, por ejemplo. Puede plantarse y quedárselos, o arriesgarlos por una cantidad mayor o por un premio desconocido:

Me imagino los pensamientos del ciudadano: cuando tiene 10.000 euros asegurados, que incluso pagando la jugosa cantidad de impuestos resulta ser un pastizal suficiente como para tapar unos cuantos agujeros (prostitución aparte), una idea fugaz pasa por su cabeza. Cambia de parecer. Los 10.000 euros le parecen ahora poco, ya que está dispuesto a arriesgarlos por algo que en ocasiones ni siquiera conoce. ¿Cuál es esta fugaz idea?

“Total, si antes de venir no tenía nada.”

Y entonces ocurre el apocalipsis. Elige la caja, o seguir concursando, o lo que sea, y pierde miserablemente:

Vale, la señora no ha perdido, pero fue una escena tan mítica que merecía ser recordada.

Lo que le ha impulsado a arriesgarse es la creencia de que, aún perdiendo, no ha perdido nada. Y eso es falso. Es cierto que no ha perdido nada desde que salió de su casa, pero ha perdido 10.000 euros que podían haber sido suyos. Eso en economía es el coste de oportunidad, o en otras palabras: coste de oportunidad es todo aquello a lo que renunciamos al tomar una decisión.

En concreto y refiriéndonos a la economía, puede parecer que tener esos 10.000 euros resguardados en una caja bajo tu cama es una buena elección. Sin embargo invirtiéndolos en deuda pública (letras del Tesoro) a 12 meses obtendría un 0,86% de rentabilidad. Esto significa que aunque físicamente no está perdiendo nada, en la práctica está dejando de ganar 86 euros. O lo que en cierto modo viene a ser lo mismo, los está perdiendo.

Las empresas hacen frente a estos problemas a diario. Si una empresa tiene un activo total de 1 millón de euros, de los cuales 200.000 están en la caja, puede parecer que dispone de una gran liquidez, pero en la realidad está perdiendo mucho dinero. Por eso invertirlos sabiamente es crucial para el funcionamiento del capitalismo.

¿Por qué suelto esta tontería? Porque lo curioso de todo es que esto no es sólo una lección de economía. También es un pequeño consejo para la vida. En nuestra vida hay infinidad de costes de oportunidad, y la mayoría de ellos los asumimos sin darnos cuenta. Desde cosas importantes como la persona que va a concursar a la tele y elige la caja  (que contiene un rollo de papel higiénico) renunciando a 10.000 euros; el que renuncia a tener sexo con miles de mujeres porque se casa; hasta incluso nimiedades como elegir entre tomarse una Fanta o una Pepsi (sí, yo prefiero la Pepsi a la Coca Cola, llamadme raro).

Todo lleva un coste de oportunidad, lo que nos conduce a una conclusión: cada uno de nosotros al administrar nuestros recursos (dinero, esfuerzo, tiempo…) está sacando de sí el ecónomo que lleva dentro. Y todo esto lo deducimos de un sencillo concepto: el coste de oportunidad.